BOSNIA : Versión B

SOBRE MIS 3 DÍAS DE VACACIONES MÁS DIFÍCILES

Bienvenidos a mi relato más personal.

Sí, Bosnia fue un poco duro. Llegué después de haber pasado varios días adentro de un cuento, porque Eslovenia, con sus lagos, sus castillos, sus montañas, cisnes y dragones parece sacado de un libro para niños.

Y el choque al llegar a Bosnia fue duro. Las consecuencias de la guerra y la crisis económica se huelen; y aunque yo estaba de vacaciones, y relajada, de entrada hubo algo en el ambiente que me impactó.

Pero no es mi idea que este relato sea un bajón. Es más, voy a empezar, como de costumbre, riéndome un poco de mí misma y contando cómo es que llegué a Bosnia, más precisamente, a la ciudad de Mostar.

Lo primero que se me viene a la cabeza cuando pienso en mis días en Bosnia es ¿por qué? ¿Por qué elegí este lugar? Creo que es porque cuando pasé un día en Montenegro, mientras vacacionaba en Croacia, se me despertó una curiosidad especial por los países de Europa del Este; por todas esas capitales y puntos en el mapa que en algún momento de la secundaria estudiamos pero sobre las que sabemos poco y nada. De España, Italia, Francia, Inglaterra… escuchamos mil cosas. Sabemos con qué encontrarnos. Sabemos que hay que ir al Coliseo, que vamos a ver la Torre Eiffel y que no nos podemos perder el cambio de guardia del Buckingham Palace.

¿Pero en Bosnia? ¿Qué hay en Bosnia, qué pasa en Bosnia, cómo es la gente en Bosnia? Todo eso quería saber.

Así que decidí combinar mis vacaciones en Eslovenia, con Mostar, la ciudad más turística de Bosnia.

Paréntesis: Sé que el nombre del país es Bosnia y Herzegovina. Esto es en realidad porque se trata de 2 regiones diferentes que se unificaron y formaron una nación. Por eso lo correcto es decir que yo estuve en Bosnia, que representa prácticamente el 80% del territorio nacional y que es donde está Mostar.

Entonces, ¿cómo llegué a Mostar? El viaje fue en bus. Pero como eran bastantes horas saliendo desde Liubliana, decidí que era más inteligente, para aprovechar bien los pocos días que tenía, que ese viaje fuera en un bus nocturno…

Un bus nocturno desde Liubliana a Mostar, pero con escala en Zagreb a las 23.30 pm… En qué momento eso me pareció una decisión inteligente, todavía no lo sé. A medida que avanzaba la noche y la vista desde mi ventanilla era cada vez más descampada y oscura, me replanteé mucho la organización de mi viaje.

Es necesario, además, que explique lo siguiente: en la mayoría de los países de Europa, los viajes en micros no están tan naturalizados, que digamos. Para las medianas y largas distancias, lo usual es usar tren o avión. Los pasajes low cost son en serio low cost, y la mayoría de los ciudadanos cuenta con planes anuales de tren con los que consiguen tarifas a menor precio.

Los buses entonces son el medio de transporte de una porción chica de la población, la que no puede acceder a los planes anuales de tren, y de los mochileros. Esto hace que las estaciones de micro, como ya mencioné en algún momento, no estén muy desarrolladas. Suelen ser muy precarias, es difícil entender el sistema de plataformas (si es que las hay) y en algunas ciudades como Salzburgo, por ejemplo, ni siquiera se cuenta con un lugar cerrado o techado, sino que la «estación» es prácticamente una parada de colectivo.

En este contexto llegué a Zagreb, pasadas las 23 hs, rezando para que hubiera carteles que indicaran desde dónde iba a salir mi bus de conexión a Mostar dentro de unos minutos; o al menos que hubiera un puesto de información en el que apoyarme.

Ni una ni la otra, así que tuve que recurrir al viejo y confiable arte de preguntar. Empecé por el primer policía que encontré, pero por más que intenté con inglés, con inglés básico, con mostrarle el pasaje, y con una suerte de dígalo con mímica, el pobre señor no logró entenderme.

Eran ya casi 23.15 hs y mi preocupación aumentaba. ¿Quedarme varada, a la noche, en la estación de Zagreb? No, gracias. Por suerte no tenía tiempo para desesperarme, solo tenía que resolver, así que sin pensarlo más, empecé a preguntarle a la gente que encontré sentada en los asientos de espera. Una chica me recomendó algo clave. Que en general, los buses que tienen combinación suelen salir de plataformas vecinas y que los que tienen la mejor información al respecto son los choferes.

Así que volví a la zona donde me había bajado y empecé a entrar a cada micro que encontré parado y a preguntarle a los chofferes si iban a Mostar. Según mis estadísticas, un 0,1% de los choferes de micro de la estación de Zagreb habla inglés. Pero uno de ellos se las arregló para hacerme entender que mi micro seguramente salía de la plataforma de enfrente, que el cartel seguramente dijera Sarajevo y que seguramente, estaba un poco retrasado.

Tomé todo lo que me dijo como palabra santa e hice bien, porque en todo tuvo razón. El alivio que sentí cuando finalmente subí al bus, es comparable al haber rendido bien un final clave de la carrera.

Lamentablemente, mi alivio no duró tanto. Bueno, duró algunas horas en las que incluso pude dormitar, hasta que fui violentamente despertada por las luces blancas del micro que se encendieron de repente alrededor de las 2 de la madrugada.

Vi que toda la gente buscaba cosas en sus mochilas y lo entendí: la frontera. Momento de entregar documentación. Nada de que preocuparse, me dije, y felizmente le entregué mi pasaporte italiano al policía que subió al micro y pasó asiento por asiento a verificar las identidades de todos nosotros, los pasajeros.

El señor policía miró mi pasaporte, me miró a mí y después de unos segundos me dijo: «¿Italiano?» Mi yo recién despertada en medio de la madrugada tardó en reaccionar. Interpreté que me estaba preguntando si hablaba italiano, por lo que respondí: «No, English, please.» Me miró extrañado, y repitió: «English? Come with me please. Take your bag»
Ay, no… ¡Mamá, ayuda!

Y este tal vez fue el primero de varios momentos que se repitieron a lo largo de los meses y que bauticé como los Momentos Quién Me Manda. Sí, de los creadores de Never Enough, llegan a todos los viajes de Belu, los Momentos Quién Me Manda.

¿Quién me manda a venir a Europa del Este? ¿Quién me manda a viajar en micro? ¿Quién me manda a tomarme un micro nocturno, de larga distancia, que cruza fronteras de países que no son parte de la Unión Europea? Realmente, ¡¿con qué necesidad?!

Todo esto me preguntaba a mí misma mientras bajaba también mi valija de la parte de equipajes, a pedido del policía. Me hicieron pasar a un cuarto, en el cual había un par de policías más. Llegué a entender que estábamos saliendo de Croacia para entrar en Bosnia, y me tranquilicé un poco cuando ví que no era la única en esta situación. Bajados de mi mismo micro, había una pareja de mochileros. Miré sus pasaportes y ví que eran franceses.

Revisaron todo nuestro equipaje, y nos preguntaron a los tres si teníamos alchol, drogas, comida o ¿armas? Después nos preguntaron para qué queríamos ir a Bosnia, y cuántos días íbamos a quedarnos. Mientras seguían revisando o ingresando datos sobre nuestros pasaportes, uno de los chicos se giró y me consultó de dónde era y si me había pasado esto antes. Me contaron que ellos venían viajando hace tiempo y que esta era la primera vez que los revisaban así. Su comentario no me tranquilizó. Después me dijo que podría ser porque probablemente éramos los únicos en el micro sin nacionalidad croata o bosnia. Esa teoría sí me gustó y me tranquilizó.

Efectivamente, creo que debe haber sido ese el motivo. A los pocos minutos nos dijeron que todo estaba bien y que podíamos volver a subir al bus. Segundo susto de la noche superado. Nada me hubiera gustado tener que quedarme retenida en el paso fronterizo y descampado de Bosnia-Croacia a las 2.30 AM.

No pude dormir mucho más esa noche. Tuve algunos momentos de descanso, pero me preocupaba un poco el hecho de pasarme. Sabía que Mostar no era el destino final del micro y no quería arriesgarme a despertarme y encontrarme con la sorpresa de estar perdida en una ciudad equivocada en Bosnia. Me consideraba cubierta de adrenalina por el momento.

Fui siguiendo el viaje con Google Maps, lo que fue una buena idea a nivel ubicación, y una muy mala idea a nivel de batería de mi teléfono . Llegué a Mostar con lo justo, antes del horario estimado (debería haber llegado a las 7AM, y eran las 6.30 cuando me bajé del micro, cosa que no me divirtió tanto) y tuve que buscar un café en el cual poder cargar un rato mi celular y esperar a que fuera una hora prudente para llegar al hostel. Mientras tomaba un latte en el sencillo bar de la estación volví a replantearme mis decisiones de viaje y a reconsiderar tener algunas ideas más estándares de ahora en adelante.

Cuando mi celular alcanzó un nivel de batería aceptable, me dispuse a encontrar mi hostel. Puede que la noche especial que había tenido influyera, pero de entrada, ya caminando por Mostar me sentí rara. Era temprano sí, pero igualmente había muy poca gente en la calle. El paisaje era bastante apagado. Me dije a mí misma que seguramente la parte antigua de la ciudad, la histórica, sería totalmente diferente. Me costó adaptarme y como de costumbre, me costó encontrar mi hostel.

Pero cuando finalmente me instalé (era una suerte de casa, con un patio común y varias habitaciones, dirigido únicamente por una señora y su hijo) me llevé una buena sorpresa. Me dijeron que me invitaban el desayuno, más allá de que no estuviera incluido ese día para mí; y me hicieron pasar a la mesa común donde lo estaban por servir.

¿Cuántas posibilidades hay de que en una mesa de desayuno en un hostel, en Bosnia, en pleno verano europeo, 4 de las 6 personas sentadas sean argentinas? Supongo que en ese momento saqué la lotería. Me tocaba una buena después de todo mi periplo nocturno, ¿verdad?

Como si fuera poco, mis compatriotas me compartieron mate. Me puso tan contenta esto que ni registré lo que comí. El mate y la charla lo eran todo. ¿Y cómo habían venido a parar el resto a este mismo lugar que yo? Dos de ellos eran amigos, estaban de intercambio en Portugal pero como en este momento eran las vacaciones europeas y les habían comentado que Bosnia era un destino barato, habían decidido cambiar la playa por Mostar…

La otra integrante de nuestro desayuno nacional era Emi; ella estaba viajando sola por Europa después de haber hecho una experiencia en Nueva Zelanda. Mi alerta «posible aliada de viaje a la vista» se activó. Creo que Emi presintió lo mismo, e incluso ella misma hizo lo que yo denomino: la gran propuesta. Ésta es básicamente preguntarle a alguien con quien estás charlando en un hostel: «¿Y ya tenés planes para hoy?»

Trayéndolo a la vida cotidana, es como si alguien te invitara a salir. Bueno tal vez exagero un poco. Pero la sensación es que alguien demuestra interés en vos y en tus planes, y que potencialmente quisiera unirse, o que te unas a los suyos. Armar un proyecto juntos…

Así que Emi y yo armamos nuestro plan para el día, que era básicamente, recorrer la ciudad y tratar de no deshidratarnos en el intento. En ese día de calor insoportable en Mostar (recordar: era pleno verano europeo; hay un motivo por el que la gente suele irse a playas en España o Portugal en vez de a una ciudad continental de Europa del Este) lo mejor que pudimos hacer fue encontrar un lugarcito a la orilla del río Neretva. No era apto para bañarse, según me comentaron es uno de los ríos más fríos del mundo; pero sí para mojarse los pies, intercalar inteligentemente entre sol y sombra y comer uvas.

Esta foto no la saqué yo, y no es exactamente el lugar en dónde estábamos, pero creo que representa bastante el ambiente, según mis recuerdos.

Cuando el sol bajó y por ende, la sensación térmica también (pasó de 40°C a 29°C según mis propias percepciones y sin ningún aval de la Organización Meteorológica Mundial) pudimos dedicarnos a hacer lo que realmente queríamos hacer: recorrer la ciudad.

Mostar tiene principalmente 2 atractivos: el Puente, que es el amo y señor del lugar; y un bazar o mejor dicho, un mercado como es de esperarse en cualquier región que haya pertenecido o pertenezca aún al mundo turco-otomano.

¿Y por qué es tan especial el puente de Mostar? Primero, porque es bello, ¿verdad?

Segundo, por su historia. El puente tiene bien ganado su título de Patrimonio de la Humanidad: fue construido al rededor del año 1560, cuando este territorio estaba bajo control del Imperio Otomano, y de hecho, es el elemento que le dio nombre a la ciudad: «most» en idioma bosnio es «puente«. Esta definitivamente es la ciudad del puente.

Tercero, por los saltos. Desde su punto más alto, que son unos 24 metros, existe la longeva tradición de tirarse de clavado al río. Cuando digo longeva tradición me refiero a que hay registros de viajeros escribiendo sobre la gente saltando desde el puente de Mostar hace más de 400 años atrás. Me encanta jugar a imaginar qué estaba pasando en el mismo lugar que estoy pisando; siglos atrás.

Así que si me permiten, hago un breve paréntesis para relatar el viaje imaginario que viví en ese momento:

[Me transporto mentalmente y ya no estoy en el año 2018, sino en el 1618. El puente sigue estando bajo un sol abrasador, y sigue estando atestado de gente. Pero esta vez no son turistas occidentales quienes lo cruzan, sino mercaderes y comerciantes turcos.

Los shorts y zapatillas deportivas se convierten en túnicas de colores vivos, pantalones abuchonados y se pueden ver algunos turbantes con piedras también. Las tiendas de recuerdos y souvenirs se reinventan en locales de especias, tés, frutas y vajilla.

Entre la marea de gente se distinguen malabaristas, encantandores de serpientes, músicos y, a lo lejos, un clavadista. Dice algunas palabras a la audiencia y señala su vasija con monedas, invitando a los curiosos presentes a que le dejen un «akce» (moneda del imperio) como recompensa por el espectáculo que está a punto de proporcionarles. El clavadista deja la vasija a su compañero, hace una reverencia, toma carrera y sube a la pared de piedra del puente. La gente acompaña su cuenta regresiva y él…salta. Splash.

Del río emerge un nuevo clavadista. Lleva un short Adidas. Mira arriba, y saluda a la decena de turistas que acaban de filmar su salto con sus teléfonos móviles. Estamos devuelta en Julio del 2018.]

Sigo paseando por el bazar que escolta al Puente, con Emi al lado mío. El bazar sí que conserva su encanto: hay algo en ese estilo de local, sencillo, montado casi como una feria artesanal y en ese estilo de venta, insistente, de regateo, de negociación, que me es muy ajeno e interesante.

No compré nada (en ese momento, je) porque Emi y yo teníamos una actividad muy importante por delante. Sin duda la más importante del día y seguramente, de todo mi paso por Mostar: el free-walking tour.

Quien haya visitado alguna de las grandes ciudades europeas, seguramente sepa a que me refiero cuando hablo de Sandemans.

(Y para quien no: Sandemans es probablemente la empresa más importante de «tours gratuitos a pie» que se ofrecen a los turistas en las grandes ciudades. El formato es simple y por lo que entiendo, bastante exitoso: solo se necesita un guía y varios turistas interesados en hacer la actividad. El guía pone un punto y horario de encuentro, y lleva al grupo (personas que se unieron libremente) a recorrer distintos puntos icónicos de la ciudad, dando detalles sobre el contexto histórico y algunos datos curiosos también. Los tours suelen durar un par de horas y en general, son bastante divertidos. El guía se esfuerza mucho por mantener a la gente contenta y motivada, porque participar en la actividad es gratis, lo único que se «paga» es una propina, a voluntad, al guía, una vez que termina el recorrido)

Y entonces digo, basta comparar a Iván, el emprendedor independiente de Mostar, con los cientos de guías de Sandemans para entender la diferencia entre Bosnia y el resto de los países europeos. Acá todo cuesta. Acá todo es a pulmón.

Así y todo, el tour de Iván fue sin dudas de los mejores que tomé en todos estos meses de viaje, y créanme que fueron varios… En poco menos de 2 horas supo darnos un contexto certero y realista de la situación actual de Mostar y de su historia. Nos mostró de nuevo una ciudad que habíamos visto, pero que no habíamos mirado. Nos dio las claves que nos hacían falta para entender esta ciudad. Con él, las piezas se unieron y de pronto entendimos, o empezamos a entender a Mostar.

Sin chistes forzados, ni buscando gustar al público, Iván hizo un relato crudo de la historia y realidad de los bosnios. Y lo hizo en un español perfecto, admirable. ¿Cómo? Es necesario que me detenga acá; porque eso explica muchas cosas.

Ser un niño o adolescente mientras duró la Guerra en Bosnia debe haber sido terrible por muchas razones; pero hay un «beneficio» que hay que destacar: prácticamente todos los chicos que tenían entre 4 y 10 años en la época, aprendieron español.

Aprendieron español porque no podían salir a jugar a la calle, solo podían quedarse en sus casas y ver la tele, y lo único que el gobierno les habilitaba eran justamente canales de telenovelas latinoamericanas. Esto nos lo explicó Iván al comenzar el tour, a nosotras y al resto de españoles que conformaban el grupo, pero yo ya lo había escuchado antes. Hace unos meses había conocido a una chica de Serbia que me contó esto mismo y más adelante, otra persona apareció para cerrar la teoría. Esta gente se vio forzada a, al menos, entender nuestro idioma para entender las novelas y conseguir aunque sea unas horas de distracción al día que contrastaran con lo terrible que estaba pasando en sus barrios, de la puerta para afuera.

Entonces Iván nos paseo por Mostar, nos paseó por su historia, nos paseó por la época de las invasiones turcas y la instauración del islamismo en la región, nos paseó por la Primera y Segunda Guerra Mundial, nos paseó por Yugoslavia y finalmente, nos paseó por todo eso que pasó cuando Yugoslavia se desintegró: Iván nos paseó por la guerra. Y desde ese momento, yo sentí que en Bosnia dejaba de pasear. Porque Iván nos motró paredes marcadas con balas; nos mostró refugios destruidos y nos mostró fotos del puente (sí, El Puente) destrozado. Ya no tuve muchas ganas de sacar más fotos; porque me di cuenta que esta herida, para Iván y para su gente, todavía estaba abierta.

Por eso digo que recién acá empecé a entender Bosnia. Toda la sensación rara que tuve desde el primer momento que pisé la ciudad, ahora tenía sentido. Mientras otros países, en concreto, Eslovenia y Croacia, se levantaron «rápida» y «fácilmente» de las consecuencias del conflicto, Bosnia todavía está haciendo un esfuerzo grande por ponerse de pie. Y ahí entendí todavía más lo terrible de la guerra. Porque la guerra terminó en el 94, cuando yo estaba por nacer. Sin embargo, alguien que nació el 15 de Octubre de ese año, como yo, pero en Bosnia, todavía sigue sufriendo el conflicto de la guerra de los Balcanes. Porque, como nos explicó Iván, la industria cayó muchísimo y la recuperación económica les sigue costando horrores. Los bosnios de veinti-tantos años pueden elegir una carrera y estudiar, pero ¿pueden ejercer? En su país, rara vez. Por eso suelen emigrar a otros países de Europa Central donde «todo funciona mejor».

Algunos, como Iván, tienen el sueño de ver a Bosnia de pie; y entonces, con todas las complicaciones que conlleva, emprenden en ella.

¿Se entiende ahora la diferencia entre el free-walking tour de Sandemas y el tour de Iván? ¿Se entiende la diferencia entre la Europa «próspera» y Bosnia?

No me acuerdo cuanto le dejé a Iván de propina voluntaria por el excelente tour que nos dio. Sé que fue bastante. Le dejé euros, y espero, más que eso. Espero haber logrado transmitirle mi respeto y admiración por lo que hace y por lo que quiere para su país.

En mi diario de viaje, que escribí pocos días después de visitar Bosnia, anoté esta frase : «Mostar te deja sedado, pensante«. A los hechos me remito. Esta foto me la sacó Emi, ni bien habíamos terminado el tour de Iván.

Atardecer en Mostar

Por suerte, Emi y yo nos teníamos mutuamente. Pudimos hacer catársis, comentar lo que había pasado, todo lo que acabábamos de aprender y registrar sobre el lugar. Sentí que era como haber visto una película muy fuerte o impactante. Cuando termina, necesitas charlar con alguien que también la haya visto. Intercambiar opiniones, expresarse.

Eso hicimos mientras caía el sol. Paseamos un poco más por las calles de Mostar, y conseguimos algunas panorámicas del puente y la ciudad vieja que eran de postal.

Ya no posamos, porque nos pareció irrespetuoso modelar para la cámara donde hay paredes marcadas por balas.

Costó, pero con un poco de esfuerzo pudimos salir de nuestro letargo reflexivo y volver a la realidad.

Y la noche cayó, y el hambre también. Así que nos adentramos de nuevo en la zona más turística, donde elegimos un buen restaurante para deleitarnos con un exquisito Ćevapi, el plato por excelencia de los Balcanes. Se trata de una especie de albóndigas pero de forma alargada, que se sirven con pan, una crema de yogurt y algunas verduras de acompañamiento. Yo lo sentí como una explosión de sabores en mi boca, y la pivo con la que acompañé el plato le dio el toque perfecto. Sí, pivo es cerveza y es prácticamente la única palabra balcana que me aprendí. Cada uno es cómo es…

Devuelta, dejo una imagen a modo ilustrativo y para dar hambre, obvio.

El lugar estaba animado, bien decorado, pero sencillo. De hecho las mesas se compartían, así que nos tocó compartir la cena con un par de amigos holandeses.

Cuando nos trajeron la cuenta quise protestar: 6 euros me habían cobrado por semejante plato y bebida. ¡6, nada más! Cuando en la mayoría de los países europeos occidentales un menú así saldría al menos unos 20 euros. En fin…

Pagamos y nos fuimos a un ¿boliche? local. Pasaban música folklórica de Bosnia y la ambientación intentaba recrear un Palacio de algún Sultán turco, según mi humilde interpretación. Me divirtió porque por un rato me sentí Sherezade. «Bailamos» y brindamos. Porque la guerra terminó y la vida sigue.

Lo complejo del día siguiente fue que Emi ya había seguido su camino a otro destino, y a mí me quedaban todavía 2 días completos en este país que, aceptémoslo, es difícil. Por suerte (o por caradura que soy) en el desayuno me conseguí una nueva compañera: Alexie, de Strasbourg, Francia.

Mientras tomábamos café, expresamos nuestro sentimiento compartido de desconcierto para con el lugar y los posibles planes turísticos para el día. Siempre es lindo darse cuenta de que hay alguien que está en la misma página que vos. Es reconfortante y alivianante (ya estoy inventado palabras, lo sé).

Uniendo nuestro girl power decidimos embarcarnos juntas en la opción que consideramos más apropiada para aprovechar el día: un tour «privado» por puntos emblemáticos de Bosnia; que nos ofreció el hijo de la dueña del hostel.

La decisión fue un poco polémica; por algo tardamos un tiempo en tomarla. El «señor hostel» (no recuerdo su nombre) era un personaje particular, y el inglés no se le daba muy bien. Pero era nuestra mejor opción, así que ahí nos embarcamos los 3 en su auto.

La primera parada fue Blagaj. ¿Y qué es Blagaj? Bueno. Todavía estoy intentando descifrarlo, pero en la breve visita, con explicación aún más breve, pude destacar 3 cosas:

  • Un acántilado de piedra impresionante, que es el nacimiento de un río (el Neretva, justamente)
  • Una cueva, conectada con el acantilado, a la que se puede ingresar en un bote.
  • Un monasterio, construido sobre la pared de piedra del acantilado.
Acantilado, cueva y Monasterio.

La segunda parada fue Počitelj, un pueblo fortificado con construcciones, por un lado, de la Edad Media; y por el otro extremo, del período del Imperio Otomano.

Lo que pasa es que la ubicación es tan estratégica (sobre una colina, situada en altura y a orillas del río) que tanto caballeros como turcos, no pudieron resistir a sus encantos y edificar en ella. Eso sí, más que visitarla, la escalamos.

Aunque realmente el punto que le dio sentido a toda esta excursión fue nuestra última parada: las cataratas de Kravice.

Sisi, si uno está demasiado acostumbrado al término «catarata» y espera encontrarse con la Garganta de Diablo de Iguazú, esta imagen puede parecer un poco decepcionante.
Pero la verdad es que yo no venía con demasiadas expectativas, y Kravice con sus aguas verdosas y su anfiteatro en forma de «piletón» me cautivó.

Siento que Alexie y yo pudimos darnos el refresco (mental y corporal) que estábamos necesitando. Nos metimos al agua, altamente recomendado dados los más de 30 grados de calor que hacía y aprovechamos para tirarnos a descansar en el pasto y charlar de la vida.

Yo también nadé un rato y, siendo un poco más osada que mi compañera, me animé a acercarme hasta escasos metros a la caída de agua de la catarata. Porque siempre se puede ir un poquito más allá, ¿nocierto?

Al volver a Mostar, a Alexie le quedaban unas pocas horas antes de irse en bus a su próximo destino. Me contó que quería pasear por una zona cerca a la estación que había leído que tenía buen street-art. Me sumé a su plan (ni que tuviera muchos planes propios) y la acompañé a este tour callejero.

No hay mucho para destacar sobre el graffiti en Mostar realmente… Mucho más destaco la conversación que seguimos teniendo durante todo el trayecto con Ale y el hecho de que finalmente llegara a invitarme a su ciudad, Strasbourg. Invitación que lamentablemente, no llegué a aprovechar.

La acompañé a la estación a tomar el bus y cuando finalmente se fue me quedé sola de nuevo, en esta ciudad tan extraña. Caminé devuelta al centro histórico, con los headphones puestos, escuchando All by myself de Air Supply. Mentira, la última parte es un chiste, pero un poco así me sentía.

Me hizo bien encontrarme de nuevo en la zona turística y perderme en el movimiento de gente, de vendedores, de turistas. Caminé por el mercado, esquivé personas y me llené los oídos de bullicio ajeno. Entiendo que en algunas circunstancias esto parece todo lo contrario a un momento placentero, pero en ese «allí y entonces» ese shock de vida y movimiento, era justamente lo que yo necesitaba.

Siguiendo con el mood y literalmente, dejando que la marea de turistas me empujara, llegué a un bar al aire libre donde un buen puñado de personas estaban a la espera de algo. Asumí que era de una banda, porque se veían parlantes y equipos de música preparados.
Sin preguntar mucho más, me quedé en un costado, me pedí una pivo (ya que aprendí la palabra la voy a usar todo lo que pueda) y me dispuse a esperar.

Al poco rato, la banda efectivamente apareció y empezó a tocar. Y de repente, estaba en un recital indie-electro-pop. Tal vez esta fue la primera vez en mi vida que «salí» sola. Creo que era tanta la necesidad de descomprensión emocional que tenía que no tardé ni 15 minutos en sumarme a la fiesta que la banda estaba armando.

Ahí me quedé de principio a fin en el «recital». La banda era un grupo esloveno, grande, serían al menos 6 ó 7. Los temas no eran conocidos, y tampoco eran en inglés, así que de entender, nada. Pero la música no tiene idioma, y el líder de la banda frecuentemente alentaba al público para que se parara de sus sillas y bailara. Así que eso hice. No sé cuánto tiempo habrá sido, tal vez fueron 30 minutos o tal vez más de una hora; ciertamente hay momentos en los que hermosamente perdemos la noción del tiempo.

Todo lo que sé es que estuve prendida a ese ritmo de principio a fin, fiel a ellos y a mi pivo y lo disfruté enormemente. Sé que estaba en un bar perdido en Mostar, en alguna callecita de la Old Town, bastante cerca del puente y escuchando cantar y tocar a unos completos desconocidos en un idioma absolutamente ajeno.

Como dice Vox Dei, todo tiene un final y esta no fue la excepción. La banda tocó el último tema, hubo muchos aplausos y de repente, el ambiente se llenó de ese sonido melancólico del fin. La gente de a poco volvió a retomar sus conversaciones en un volumen habitual y los músicos empezaron a desconectar sus equipos.

Entendí que era hora de irme. Además, ya era bastante tarde y tampoco es que tuviera ganas de andar por Bosnia sola a cualquier hora. Igualmente, me retrasé un poco más porque decidí que mi estómago se merecía algo más que cerveza y antes de volver al hostel paré a comprarme un ćevapi – to go. Lo compré en uno de esos puestos chiquitos y poco invitantes que quedaban cerca de la calle principal.

Vuelvo a hacer paralelismos con Buenos Aires, porque así de porteña soy. Lo que quiero hacer es comparar este puestito con los carritos de la costanera. Comer en uno de estos lugares puede salir extremadamente bien o extremadamente mal.

No sé si era el hambre que tenía, la cerveza o la salsa increíble que le pusieron pero en ese momento yo realmente sentí que era una de las mejores comidas que iba a probar en toda mi vida. Y me había salido 2 euros.

Emprendí mi vuelta al hostel; pero lo que debería haber sido una caminata tranquila de 15 minutos, resultó tener un par de episodios bastante traumáticos.

El primero fue cruzar el puente. El puente ya lo había cruzado varias veces. Pero nunca usando alpargatas. Realmente no había registrado lo resbaloso que era. Creo que hay muchas calles y pisos que uno no sabe lo resbalosos y riesgosos que son hasta que los camina en alpargatas.

Tardé muchísimo más de lo normal en cruzar el benemérito puente, sufriendo a cada paso, haciendo toda la fuerza posible para que los adoquines y la suela de goma de mis alpargatas no me jugaran una mala pasada.

Cuando finalmente logré cruzar y salir de la «zona peligrosa» me relajé, y entonces empecé a caminar bastante más rápido, intentando recuperar el tiempo perdido. Error. Todo mi paso a paso meticuloso por el puente no valió nada, porque 2 cuadras después me trastabillé y me caí de rodillas al piso. Y fuerte. Tenía puesto un pantalón negro finito que al chocar contra el asfalto se destrozó.

Más allá del pantalón agujereado, la peor parte se la llevaron mis rodillas, que quedaron raspadas y sangrando. Mis manos, que habían cumplido su función de frenar el impacto, también quedaron marcadas.

Me levanté y miré alrededor. Creo que intuitivamente estaba buscando alguien que me mirara, que me dijera «¿estás bien?» o su equivalente en bosnio; pero no lo encontré. Había algunas personas más adelante en la cuadra, pero estaban bastante lejos y no creo que hayan llegado ni a registrarme. Cerca no había nadie ni para hablarme, ni para reírse, ni para ayudarme.

Corroboré lo que ya había sentido en Eslovenia. Es feo caerse y estar sola. Justamente porque te hace notar que estás sola. No lo pude evitar y en las últimas cuadras que me quedaban de camino al hostel, se me cayeron un par de lágrimas. No era tristeza, ni bronca, ni miedo, fue simplemente la expresión de una sensación. Ni en ese momento ni tampoco ahora intento darle sentido. Supongo que hay momentos en los que estás lidiando internamente con cosas que no podés verbalizar, sobre todo si estás sola como yo en ese momento, y lo más sencillo es dejarse llorar un poco, o al contrario, reírse.

Llegué finalmente a mi hostel, y me apuré por hacer que mi día terminara. No había sido malo ni mucho menos. Es más, fue altamente memorable. Pero es verdad que había sido raro, y necesitaba que terminara. Apagué la cabeza lo más rápido que pude y me dormí.

Me desperté temprano instintivamente para aprovechar mi último día en Bosnia. Este día me lo había guardado para una visita muy especial: Međugorje.

Podría escribir párrafos y párrafos sobre Međugorje. Qué es, qué es verdad, qué es suposición, que está validado y qué no, cuáles son las críticas y contradicciones, etc, etc.

Pero no quiero hacer eso, porque a la larga, es todo cuestión de fe, ¿no? Voy a limitarme a describir Međugorje y a contar cómo lo viví yo.

En una oración, Međugorje es una ciudad de Bosnia, a unos 25 km de Mostar y también bastante cerca del límite con Croacia, en la que se celebra especial devoción a María, Reina de la Paz; por haberse aparecido a 6 chicos croatas en Junio de 1981.

Desde Mostar hay tours armados que te llevan a visitar los lugares de las apariciones (que se sostuvieron en el tiempo desde ese año) y a los principales puntos de oración y santuario. Pero, ¿para qué pagar unos euros y tener todo ordenado, organizado y con la movilidad y actividades resueltas si una puede ir por su propia cuenta e intentar ir descifrando todo esto en un país con señalización bastante precaria y pobre manejo del inglés, arreglándose con la información poco precisa de Google Maps y un mapa físico todavía más pobre? Así funciona mi cabeza.

Me tomé el bus en la estación de Mostar, y me bajé en la de Međugorje. Y empecé a caminar a donde me pareció que tenía que caminar, a donde sentí que se dirigía la mayoría. Hice bien porque llegué al santuario principal.

Justo había una peregrinación juvenil durante esos días, dato del que yo, obviamente, no estaba ni enterada.

Atrás del santuario hay un auditorio enorme, en el que se suelen hacer celebraciones, charlas o eventos masivos. Pasé por el auditorio. Había poca gente, pero se notaba que se estaban preparando, o guardando lugar para un evento más tarde. Acomodadas por el anfiteatro, había varias banderas de grupos, organizaciones, parroquias, etc., pero solo dos banderas muy grandes de países: una de Austria y una de Argentina.

Sentí que alguien las había puesto ahí para mí: Austria, el país al que había llegado y al que estaba intentando adaptarme; y Argentina, el país que me dio todo y al que tanto extrañaba.

Seguí mi camino contenta, tranquila, pensando que estaba realmente donde tenía que estar y que estaba haciendo lo que tenía que hacer. No sé cómo explicarlo, pero eso fue lo que sentí.

Mi próxima parada fue el lugar de las apariciones, que queda justamente en una colina. Me parece insulsa la palabra colina. ¿Qué es una colina? No es una loma, ni un cerro, claro. ¿Entonces? La veo como una palabra muy tibia que la gente usa para no comprometerse demasiado; porque si algo está en una «colina», una no tendría que preocuparse por un ascenso elevado de montaña, pero a la vez, una sabe que no es una simple caminata…

En fin, las apariciones fueron en una «colina» (Una bastante alta, para mi gusto). El camino a la colina tiene 2 partes. La primera es la parte urbana. Subí por calles sencillas y empedradas, en donde las casas eran mitad hogar y mitad local comercial. Se entiende la oportunidad comercial… Si tu casa queda justo en la calle en la que todos los peregrinos y visitantes de Međugorje seguro van a pasar en su camino, ¿por qué no dedicar una habitación, la galería o el garage, a vender merchandising?

Tengo que confesar que al principio esto un poco me descolocó, porque me sentí más en una feria que en un lugar de culto. Después lo entendí y se me pasó. Además, ¿no están los alrededores de Luján llenos de tiendas de recuerdos, souvenires y santerías?

De a poco las casas-shops empezaron a bajar en cantidad hasta que no quedó ninguna y el empedrado se fue convirtiendo en tierra, una tierra color rojizo, bastante fina. Sé que estoy siendo muy detallista. Pero esto es importante.

Cuando empecé a subir la colina tenía el sol recordándome la existencia de mi nuca, ardiendo bastante fuerte en mi espalda. Seguí avanzando, cruzándome con grupos y grupos de peregrinos, algunos de ellos paraban en estaciones de via crucis o incluso hacían pausas para comer o escuchar una charla. Por un rato me quedé estratégicamente cerca de un grupo de españoles, a los que un sacerdote les estaba relatando algunos detalles históricos sobre Međugorje. Quise quedarme cerca para aprender, pero tenían un acento andaluz muy marcado que me costaba entender, así que seguí mi camino, repreguntándome a mí misma, por qué no había contratado un tour y ya…

Y entonces llegué al punto de las apariciones.

Virgen de Međugorje en la colina de las apariciones

La imagen es celestial. Así que justamente me voy a concentrar en lo que pasó en el cielo. El sol estaba presente, se veía y se sentía. Pero las nubes también. En el transcurso de lo que deben haber sido 5 minutos, las nubes taparon la colina y para sorpresa de todos, o al menos mía, empezó a llover.

Y empezó a llover en serio. Algunos de nosotros buscamos refugio en algún árbol cercano y otros, siguieron enfocados en su plegaria.

Peregrinos rezado abajo de la lluvia, junto a la imagen de la Virgen de Međugorje

Puede que parezca que cuento el detalle de la lluvia para darle dramatismo a la historia y que es un constante en mis relatos. Que parezca lo que parezca, por que es la verdad.

La tormenta de verano, si así puedo llamarla; le dio a toda mi excursión un toque místico extra. No sé realmente cuánto tiempo estuve ahí bajo mi árbol de refugio, viendo gente acercarse a rezar, algunos con paraguas y otros sin, mojándose, arrodillados en las piedras, frente a la imagen de la Virgen.

Más allá de toda creencia personal, lo único que pude pensar en ese momento fue que no me sentía en Bosnia. Todo el ambiente hostil, duro y por momentos depresivo de Mostar, acá no entraba. Acá se respiraba otro aire. Acá había paz.

Renovada (y un poco mojada) emprendí mi camino de vuelta al centro de Međugorje; y acá tuve el momento más bizarro de este día de turismo religioso.

Es importante que explique dos situaciones que parecen poco relacionadas entre sí, pero que son la clave de este momento.

Por un lado, yo llevaba una intención especial: pedir por el embarazo de una amiga, que estaba teniendo complicaciones. O sea, mi amiga y su bebé eran mi intención principal. Por otro, como había llovido y estaba todavía un poco inestable, había procedido a ponerme mi mochila por debajo de mi campera, y en vez de colgármela en la espalda, me la colgué hacia adelante. Lo típico que una hace si no quiere que le roben en el subte, pero solamente que esta vez no fue por temor al robo, si no más bien por comodidad y preservación seca de la mochila.

Entonces, como este es un blog en el que los lectores están invitados a elegir versiones, planteo 2 formas de tomar este episodio. Cuento ambas porque realmente no tengo una favorita, y me niego a aceptar que una sea correcta y la otra no.

Los hechos son que mientras bajaba la colina despacio, para no resbalarme con el barro que la lluvia había creado, una señora muy simpática que venía caminando cerca mío se me acercó, me miró fijamente, me sonrió y me dijo algo que no entendí, creo que en croata. Se dio cuenta que tenía que cambiar de idioma, así que sin dejar de sonreír me dijo: «For the baby», y me extendió una medallita de la Virgen, de regalo.

Me quedé en shock, porque yo justamente estaba pensando en mi amiga y su bebé. La versión mística es entonces que la señora de algún modo supo cuál era mi mayor intención en ese momento, y que sintió la inspiración de encomendar al bebé en sus oraciones y regalarme una medalla protectora, para que se la llevara.

La verdad es que en ese momento me emocioné. Se me puso la piel de gallina, y con mucho gusto acepté la medalla, muy agradecida.

Seguí caminando (la señora había quedado más atrás) y mientras abría un bolsillo de mi mochila, buscando donde guardar la medalla se me vino otra idea. Dada la forma extraña en que había puesto mi mochila, y teniendo la campera sobre la mochila… tranquilamente alguien podría haber pensado que mi mochila era en realidad mi panza. Entonces… «for the baby» ¿habrá sido por mi supuesto embarazo?

Esta es la versión graciosa del episodio. Creo que una mochila Jansport abajo de una camperita de lluvia tiene una forma rara como para confundirla con una panza de embarazada, bastante deforme a decir verdad. Pero la señora tranquilamente podría haberse confundido. Esta sería la primera y única vez, hasta el momento que me adjudicaron un embarazo que no me corresponde. Me divierte la idea.

Divagando entre versión mística y versión blooper, llegué finalmente a la iglesia principal de Međugorje y después de una visita rápida, me concentré en cerrar mi jornada en un lugar clave: la tienda de regalos.

Ya admití mi fanatismo por los souvenirs, y este me parecía un lugar muy especial como para no comprar recuerdos de mi paso por acá y también hacerle llegar algunos a mi familia.

Esta parada fue muy importante, además, porque tuve un encuentro que no me pareció para nada casual. En la fila del local de regalos conocí a Fanny, una mexicana que estaba viviendo en Hungría. Yo venía de tener unos días difíciles en el trabajo; tratando de adaptarme a una vida muy diferente a la que venía llevando, muy lejos de casa, de mi familia, de mis amigos. No sé cómo surgió la conversación con Fanny, cómo fue que ella me contó toda su experiencia de dejar DF e instalarse en Budapest, o cómo yo empecé a contarle mis sentimientos encontrados de este nuevo estilo de vida que hacía poco estaba llevando.

Lo que sé es que definitivamente necesitaba a alguien que me escuchara, que me entendiera, que compartiera mis sentimientos. Supongo que al final habremos hablado alrededor de 1 hora. Creo que nunca volví a hablar tan profundamente con alguien tan desconocido de una manera tan inesperada, y no sé si alguna vez me volverá a pasar. Fanny estaba en el lugar justo, en el momento justo, me prestó su oído y dijo palabras justas. Nos despedimos con un abrazo. Me pasó su celular y me invitó a visitarla a Budapest. Por problemas técnicos, perdí su número. No lo pude recuperar y por ende, tampoco pude ir a visitarla a Hungría. Tal vez no hacía falta, o no tenía que ser. No creo que Fanny lo sepa, pero una hora de charla me bastaron para que me acuerde siempre de ella.

Como siempre, el reloj me trajo devuelta a la realidad. Tenía que volver a Mostar para tomarme esa misma noche un bus nocturno (¡siempre con geniales ideas yo!) para volver a Austria.

Llegué a Mostar alrededor de las 19hs. Tenía 2 horas para intentar cumplir con la mayor cantidad de «pendientes» posibles que me habían quedado para con la ciudad antes de subirme al bus.

Lo primero SIEMPRE, es la comida. Así que ahí fui en busca de un buen café bosnio y Hurmašice. El Hurmašice es una suerte de bizcocho o bay biscuit húmedo, bañado en almíbar, como el que se ve en la foto de abajo, que no es mía.

Básicamente, una delicia. Y el café bosnio, o Bosanska Kafa, propiamente dicho, tiene de especial la jarra en la que se sirve, cezve, un recipiente de cobre, en mi opinión, muy bello.

El café se sirve tomando la jarra por la asa, y obviamente, poniéndolo en la taza. No sé muy bien cómo funciona, pero de alguna manera, se genera una borra, que es la que te pueden leer para ver tu futuro. Más adelante contaré como meses después, en Austria, una bosnia leyó mi borra de café…

La cuestión es que me deleité con estos placeres culinarios, en un restó chiquito, pegado al puente y con vista al río.

Así me despedí de Mostar, mientras caía el sol y un musulmán llamaba a la oración cantando desde el minarete de alguna mezquita.

Me fui de Bosnia como llegué, en bus. Pero no me fui de Bosnia como llegué. Me fui de Bosnia un poco más grande, un poco más consciente de la guerra y sus horrores, un poco más consciente de mis privilegios, un poco más madura, y con una cicatriz en la rodilla.

Un comentario en “BOSNIA : Versión B

  1. Excepcional relato de la caída del muro, con las consecuencias en los Balcanes, seguida de cerca por el que esto escribe. Crónica subjetiva, testimonial y juvenil, que recorre ese mundo que aparece ante sus ojos, descubriendo paisajes, lugares, tradiciones e historias
    las ganas de vivir de esos pueblos, que creo, no olvidan los desencuentros de miles de años. Texto para aprender orígenes y proponernos saber más, de este mundo al que pertenecemos, porque aunque estamos lejos o….. quizás no tanto. Felicito a la autora que se mostró desde adentro en esta nota. Hay mucho mas decir, sólo que siga testimoniando con su mirada objetiva y desprejuiciada esta suerte de crónica o guión, que si fuera cine sería un roadmovie.(pelicula de carretera que es un género cinematográfico cuyo argumento se desarrolla a lo largo de un viaje. Un cariño. Juan

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