DRAGONES, MUCHOS. LAGOS, Y MONTAÑAS TAMBIÉN.
TORTAS Y CISNES.
Aguante Eslovenia
[Antes de comenzar este relato, una breve aclaración: tengo muy pocas fotos de Eslovenia. Es una historia lamentable: unos meses después de haber hecho este viaje, un descuido muy patético de mi parte hizo que perdiera el celular con el que había sacado todas mis fotos de Eslovenia y algunos otros destinos. Pasé muchas horas de mi vida intentando recuperarlas de alguna forma, pero no hubo caso. Lo poco que puedo mostrar, son fotos que en su momento les mandé a mi familia y amigos y que gracias a que ellos conservaron y volvieron a enviármelas; hoy por hoy tengo algunos registros fotográficos para apoyar mi raconto. En pocas palabras, gracias mamá por ser mi gran fan y haber guardado siempre cada archivo que te envié, porque sino esta parte de este blog estaría tan vacía e insulsa como libro infantil sin ilustraciones.]
Hacia fines de Julio, un nuevo período de vacaciones tocó mi puerta. Y cuando tuve que decidir dónde pasar estos nuevos días de descanso, Eslovenia me pareció una genial idea. Otros hubieran apostado por algo más tradicional: la costa amalfitana, las playas españolas, Portugal, o incluso Grecia. Pero desde el primer momento, la sensación de inexplorado y desconocido que me despertó Eslovenia me atrajo, y por eso terminé decidiéndome por este país.
No es que no supiera NADA de Eslovenia. Había escuchado muchas veces lo linda que es Liubliana. Y también varios halagos sobre los lagos y montañas de la región. Tal vez estaba influenciada por un comentario de una amiga de mi mamá, que es descendiente de eslovenos, a quien varias veces escuché mencionar: «Eslovenia tiene unos paisajes pre-cio-sos«. Así, separado por sílabas, con mucho énfasis en la última palabra.
También me influyó mi condición de «Solo Traveler». Mi destino anterior, Croacia, es uno de los lugares más de moda para los grupos de jóvenes europeos; y sería mentirme a mí misma no aceptar que, aunque la pasé increíble y conocí mucha gente divertida, se me estrujaba un poco el corazón cada vez que veía a esos grupos enormes de amigos disfrutando juntos mientras yo estaba tan lejos de los míos… Llegué a reírme de mí misma una vez; porque sentí que era como haberme ido a Villa Gesell, sola, en pleno Enero.
Eslovenia me daba otra sensación: sentía que era un destino más para una persona «aventurera» que para amigos buscando fiesta y playa.
En este mood de niña exploradora, muy original me sentí tomándome un tren de Salzburgo a Liubliana; en vez de un avión a la playa. Y durante esas horas de viaje en tren, las vistas que recibí simplemente mirando por la ventana me hicieron reafirmar mi decisión.
Me liberé de todas las situaciones de estrés del aeropuerto (scanners de seguridad, pasaporte, peso de la valija, etc) y las cambié por 5 horas de tranquilidad, lectura, música y siesta en un tren que cruzó, a su ritmo, sin apuro, los Alpes. Me felicité a mi misma brindando con una cerveza en el bar del tren; y más tarde con un capuchino. Tan feliz estaba…

Liubliana
Y entonces, a eso de las 20 hs llegué a Liubliana. Y de repente me vi forzada a despertar de mi letargo de viajera soñadora, y a concentrarme en encontrar mi hostel.
Ya mencioné esto hablando sobre Croacia. En general, me cuesta el llegar a un destino desconocido. Necesito tiempo para poder hacer mi adaptación al nuevo entorno, digamos. Y muchas veces pasa que las estaciones de trenes o mismo los aeropuertos, no son lugares amistosos a los que llegar; y hacen que esa adaptación sea todavía más dificil.
Esto fue lo que me pasó con Liubliana:
La estación de tren queda en el que probablemente sea el lugar menos lindo de la ciudad, por ponerlo de una forma amigable. Llegué ahí pasadas las 20 hs, sin mucha luz, y en un momento de tensión entre Google Maps y yo.
Lo que pasó es que Google Maps me prometió que podía llegar a mi hostel caminando desde la estación, en solo 20 minutos. Y yo le creí. Pero después tomé otros caminos con los que él no estuvo de acuerdo. Entonces él tuvo que recalcular. A partir de ese momento tomé todas sus indicaciones al pie de la letra; pero tampoco fue suficiente. Liubliana, Google Maps y yo no nos estábamos entendiendo bien.
Tampoco es que yo sea «cabeza dura», y que no haya querido pedir indicaciones a alguna persona por la calle. Es que, literalmente, no había nadie. Algo que me había gustado del hostel y que tomé en cuenta para elegirlo, es que quedaba en la zona de las Embajadas, y que era justamente un edificio antiguo que en su momento había funcionado como Embajada o Ministerio, no recuerdo bien.
Conclusión, eran ya más de las 21 hs y yo estaba dando vueltas alrededor de unas «casas» muy lindas, con unos parques muy verdes pero sin vida humana alrededor y sin señales de mi hostel.
Miento si cuento exactamente cómo hice para encontrarlo finalmente. Tal vez es porque pasó demasiado tiempo desde este espisodio hasta el día que estoy escribiendo esto y ya me olvidé. Tal vez lo reprimí por que me pareció traumático no poder encontrar mi alojamiento por 2º vez en cuestión de un mes (ya me había pasado en Dubrovnik, como ya conté)
La verdad es que tengo 2 teorías:
La primera es que vi a lo lejos 2 personas caminando y las seguí; pensando que tenían «pinta de gente que va a un hostel» (sí, todo muy prejuicioso de mi parte, lo sé) y que ellas me guiaron por la callecita que es más bien una cortada y que daba a la puerta del benemérito hostal. O puede ser que me las haya cruzado y les haya preguntado directamente… no lo sé.
La otra teoría es que haya llamado al hostel pidiendo ayuda. A esta altura ya tenía un celular con un número europeo desde el cual podía hacer llamadas y, Thanks be to God, usar internet. Lo que no me convence de esta versión es 1: yo, María Belén Orgullo Boccardo llamando para pedir ayuda; 2: que desde el hostel me habían mandado un mail con todas las indicaciones de cómo entrar (había que poner un código en la puerta) y cuál iba a ser mi cuarto y mi cama porque para la hora que yo llegara, es decir, después de las 20 hs, la recepción ya iba a estar cerrada.
Todo este choclo para decir que la verdad, no me acuerdo cómo llegué al hostel. Pero llegué.
Llegué cansada y un poco estresada, claro. Y en vez de optar por «ducha y a la cama», como para relajarme y estar lista para empezar el día siguiente con energía; decidí que mi primer noche en Eslovenia tenía que tener un final «más arriba».
Volví a salir del hostel que tanto me había costado encontrar y me fui al centro histórico, a buscar algo de víveres y conseguir algunas vistas nocturnas de Liubliana. Para esta hora y en este tipo de ciudades europeas, las ofertas gastronómicas no abundan. Pero conseguí un cono de pizza y lo comí frente a uno de los puentes más famosos de Liubliana.

Encontré mi alojamiento sin problemas a la vuelta; y me fui a dormir satisfecha porque había cumplido mi objetivo: mi primer noche en Eslovenia tuvo un final feliz.
A la mañana siguiente me levanté con mucha energía y ansiosa por conocer Liubliana a la luz del sol. Lo primero que hice fue desayunar en el hostel. Me senté con perfil bajo en una silla medio apartada, a comer mi yogurt con cereales; y a los pocos minutos un chico se sentó al lado mío.
Y esto lo cuento porque fue un momento clave, no para este día, pero sí para más adelante. Acá aprendí una de las máximas del viajero de hostel: siempre sé amabable con todos. Bueno, esa es una máxima para la vida, en realidad. Pero en este caso el ser amable fue fundamental para el desarrollo posterior de mi viaje.
Cuando este chico se sentó al lado mío, yo no tenía muchas ganas de hablar. Era temprano y ya estaba ansiosa por salir a recorrer. De todas formas, fui amable. Le seguí la charla escueta pero cordialmente. Me contó que se llamaba Génesis (no pude disimular mi cara de sorpresa al escuchar su nombre) que era australiano pero de familia filipina (sus rasgos lo confirmaban) y que estaba haciendo el típico Eurotrip que tantos australianos hacen. Creo que no hablamos mucho más. Yo me levanté rápidamente, apurada por llegar a un tour, nos despedimos y nos deseamos suerte. Podría haber quedado en eso… una simple charla de desayuno en el hostel. Pero este encuentro de 5 minutos con Génesis marcó una buena parte de mi paso por Eslovenia. Más info próximamente. Por ahora lo importate es recordar el nombre Génesis, porque esta historia, continuará…
Este día se lo dediqué por completo a Liubliana. Me habían comentado que la ciudad es muy chiquita y que «en un día se cubre». Aprendí que detesto este tipo de expresiones y que gente como yo, en un día no cubre nada.
Cuestión, como el poco tiempo me presionaba, empecé temprano haciendo un free-walking tour. Pero uno de esos que están muy buenos. De los que tenés ganas de dejarle muuucha propina al guía y creo que eso hice.
Me gustaría poder acordarme muchas más cosas de lo que aprendí en ese walking tour. Debería haberlas anotado… Pero no estoy acá para llorar sobre leche (eslovena, que es riquísima) derramada. Lo que sí me acuerdo es que la guía era una local, nacida y criada en Liubliana pero con familia en Argentina. Supe que me decía la verdad porque después de haberme contado eso, empezó a darme explicaciones y comentarios personalizados, en un español más que digno; y que arrastraba una pronunciación rioplatense además del inevitable acento extranjero.
En el tour aprendí algunos básicos sobre la historia del país. Tienen un mito importantísimo sobre la fundación de Liubliana: aparentemente, la ciudad se fundó gracias al héroe mitológico Jasón; que peleó y derrotó al dragón que hasta ese entonces era rey y señor del río Ljubljanica y alrededores.
Así que la temática dragón estuvo presente en el incociente colectivo esloveno desde la antigüedad. Y con el tiempo dejó de ser un elemento de miedo y temor, para pasar a convertirse en una figura de protección para la ciudad y uno de los símbolos más importantes para todos los liublianénses.
Ahí lo tienen, ni más ni menos que en el escudo de la ciudad:

Y como el escudo de Liubliana está en muchos edificios, banderas, calles, etc, etc, de la ciudad; sería justo decir que esta ciudad es probablemente el lugar con más cantidad de dragones del continente. Fanáticos del medioevo y de la mitología, ya saben a dónde ir.
Una más sobre dragones y prometo que cambio de tema: uno de los puentes más importantes de Liubliana (que son muchos y muy lindos, por cierto) es El Puente de los Dragones. No se la veían venir, me imagino.
Lo interesante de este puente es que está adornado con estatuas de dragones a cada lado; y que conlleva una leyenda bastante graciosa sobre situaciones que podrían hacer que esos dragones «se despierten» y ataquen a los peatones. Los mitos urbanos no son mi mettier; pero quien lo desee, podría googlear: «mito puente de los dragones liubliana» y divertirse un rato.
Después de esta lección de historia hecha tour a pie, cumplí con mi mayor punto de interés para este día, el otro elemento del escudo de Liubliana: el castillo.
Tal vez esta es una afirmación incorrecta y generalizada, pero a veces pienso que los argentinos, siendo miembros de un país «joven» en términos de arquitectura y edificación; tenemos una curiosidad nata por los castillos, los caballeros y otro tipo de elementos medievales que estudiamos durante años en el colegio y vimos en cuentos y en películas.
Para los europeos es diferente. Un castillo no siempre supone novedad. Y el castillo de Liubliana, menos que menos, porque deja bastante que desear. Esto lo sé ahora, que viajé por otros lados y tuve la suerte de visitar otros castillos.
Particularmente me llamó la atención lo reconstruído que todo se ve; como si nada fuera auténtico, y tampoco se hubieran gastado en disimularlo. No los culpo: muchas invasiones, destrucciones, reconstrucciones y décadas de abandandono… este castillo la tuvo complicada.
Pero igualmente, fui con ganas de meterme de lleno en la Edad Media y me encontré caminando entre pasarelas de metal y vidrio y viendo niños comer helados en el café que está literalmente en lo que alguna vez fue el patio interior del castillo.
Así que, ¿para qué mentir? La visita por dentro del castillo me decepcionó bastante. Pero por suerte, había dejado lo mejor para lo último, y cuando subí a la torre más alta a la que se permite acceder y me asomé para contemplar la vista panorámica, me dí cuenta de que no había malgastado ningún euro comprando la entrada.

Cuando logré sacar la vista de esta postal, emprendí mi camino de vuelta al centro histórico de Liubliana; y acá, mi parada estratégica fue en un mercado.
Cuando hablo de mercados en general me refiero a «plazas» públicas, (plazas entre comillas porque no son verdes, con árboles, sino que suelen ser patios de cemento, abiertos, muy muy amplios) en las cuales los comerciantes arman sus puestos para vender, generalmente, frutas, verduras y derivados. Una especie de feria, supongo que se podría decir.
Acá en Eslovenia este tipo de mercados son muy famosos. La gracia es que los granjeros del interior del país se presentan acá para vender sus productos (de primera calidad) sin la intervención de cadenas de supermercados ni nada que se le parezca. Es lo más fresco, natural y antiprocesado que uno se pueda imaginar. Y además, Eslovenia tiene un renombre por la calidad de su materia prima; en especial de los lácteos y vegetales.
Así que muy felizmente me pasée entre frutas, verduras y quesos y almorcé unos tomates cherry de colección (¡eran hermosos: amarillos, rojos y marrones!) y de postre, un mix de frutos rojos con un vaso de leche.
Con esta fiesta de nutrientes en mi organismo, seguí mi camino por las callecitas de la ciudad, siempre lindas y tranquilas.

Mi siguiente punto a visitar fue el Tivoli Park: el parque más grande de la ciudad. Como todo parque, tiene la función de ser un lugar de esparcimiento y actividad física tanto para locales como para turistas, pero este parque tiene de especial tener también varias construcciones/ masiones a las que de paso, las llaman castillos y que en tiempos del Emperador Francisco José I de Austria se usaban como lugares sociales para tener bailes y todas esas cosas top y cool de aquella época.

Cuestión que me pasée por el Tivoli Park; que en realidad parecen más jardines imperiales que otra cosa, y aproveché para leer un poco y escribir algunas de mis memorias en mi diario de viaje. Claro, aunque esto lo escribo con 2 años de retraso, era necesario que fuera llevando unos machetes al día, ¿no?
Después del parque, me acerqué nuevamente a la zona del río. Creo que ya mencioné que Liubliana está llena de puentes, y yo no me cansé de cruzarlos.

También amé caminar por la rivera del río, de un lado y del otro, de norte a sur, de este a oeste:

Puente va, puente viene, la puesta del sol se me vino encima y para esto, tenía un plan: me fui a un Rooftop. Probablemente el más famoso y de moda, aunque yo no lo sabía.
Esto lo menciono simplemente porque me resultó incómodo llegar al lugar, ver a la gente en grupo, tomando tragos y yo tener que responder «Just one» cuando el mozo que acomodaba a la gente en el lugar me preguntó, como por rutina: «How many?»
Resulta que el Rooftop era en realidad un bar, y que para poder tener las mejores vistas, había que sentarse en una mesa y consumir. Oh, mundo cruel.
Creo que este fue un punto de inflexión para mí. Hay un antes y un después de sentarse solo en un bar. No es lo mismo que sentarse en un café promedio, a desayunar o a leer un libro. Estar sola en un lugar donde todo el resto está en grupo y encima, en su mayoría, consumiendo alcohol, es un poco más difícil.
Pero me la banqué. Y siento que crecí un poquito en ese mismo instante. Me senté sola, con todo mi orgullo y para seguir llevándole la contra al resto, ya que estaba, me pedí un café y una torta; en vez de una cerveza o un Aperol Spritz, trago que se veía en prácticamente todas las otras mesas.

Sí, fueron 3,50$ bien gastados y sí, tuve que sacarle una foto porque no quería olvidarme su nombre nunca jamás. Gracias Dios por las tortas eslovenas.
Pero volviendo a lo importante, no fui hasta este bar para comerme una torta sola. Fui por la vista. Básicamente lo que quería era tener la mejor vista posible del Castillo; y especialmente, bañado con esa luz especial que da el atardecer. Quedé muy satisfecha con los resultados obtenidos; aunque esta pobre foto no sea la mejor prueba posible.

Volví a recorrer la zona céntrica. Esta vez, por las zonas peatonales que estaban bastante plagadas de artistas callejeros. Me divertí escuchando músicos y dejando propinas y para cerrar mi día de paseo, volví a cruzar más puentes; con la excusa de querer ver los contrastes con respecto a la luz del día. ¡Es que las luces nocturnas reflejadas sobre el río son tan lindas!

Cerré la jornada tomando un té en una mesa larga en la «sala común» del hostel, con bastante gente random.
A veces hago esas cosas: pasar muchas horas sola, hablando con uno mismo puede ser muy fructífero, pero llega un punto en el cual siento que se puede volver peligroso. Es necesario tener algo de interacción. A la larga, somos seres con necesidad de comunicación, ¿no? Así que me senté a esa mesa, no recuerdo a hablar de qué, ni con quién; tal vez por el simple hecho de hablar y que alguien más que mis propios pensamientos me respondieran.
Kranjska Gora
Esto que voy a decir ahora no es con ánimos de justificarme. De hecho, durante mi paso por este país me encontré con varios travellers que compartían esta misma sensación conmigo: No es fácil planificar un viaje a Eslovenia.
Aunque yo había leído un par de blogs y hasta había visto videos para darme ideas sobre qué lugares visitar y qué excursiones hacer; la información sobre las actividades y el transporte interno está muy desorganizada; y la estación de autobuses de Liubliana me hizo extrañar la de Retiro, de Buenos Aires. Y con eso digo mucho.
Mi plan para el día era ir en micro a algún pueblo alejado. Adentrarme un poco más en la Eslovenia profunda, digamos. Y entre las 2 ó 3 opciones que tenía; un poco por disponibilidd horaria de micros, y otro poco por lo que tenía «estudiado», me decidí por Kranjska Gora.
Voy a cortar con el misterio. Fue una pésima desición.
Como dije al principio, me estaba gustando esto de ser original y explorar más allá de los puntos más turísticos y clásicos; pero este día aprendí una lección importante: hay una fina línea entre innovar y sentirse un aventurero nato; y pifiarla. Y este día yo crucé esta fina línea.
De entrada, no quise hacerle caso a la alarma interior que me sonó cuando vi que en el bus a Kranjska Gora solo nos subíamos 3 personas; y que el iba va a Pirán, estaba lleno.
¿Por qué? Porque Pirán es una de las pocas y mejores playas de Eslovenia, y estábamos en pleno verano. Y Kranjska Gora está practicamente metida dentro de los Alpes Julianos.
Así y todo me dije a mí misma que no me importaba que todo el mundo se fuera a la playa. Porque a mi me encantan las montañas. Y supuestamente acá iba a estar directamente en una. Lo que no calculé o no averigüé o no preví, es que Kranjska Gora es fundamentalmente un centro de ski. Así que tal vez tenía razón la gente que se estaba yendo a Pirán, y la que estaba un poco errada, era yo.
Para ir resumiendo; para cuando llegamos a Kranjska Gora, los únicos en el micro éramos el choffer y yo. Las otras 2 personas se habían bajado en unas paradas intermedias (claramente eran locales yendo o viniendo de Liubliana a sus pueblos)
Ya a mitad del viaje (que duró como 2 hs, porque era un trayecto de aprox 100 km en terreno montañoso) tuve que empezar a aceptar lo polémica de mi decisión. Me entretuve mirando el paisaje y escuchando música y deseé con todas mis fuerzas que al llegar a Kranjska Gora una hermosa oficina de turismo me esperara con los brazos abiertos; mapas y muchas recomendaciones para hacer de mi día en los Alpes Julianos un éxito.
Pero no. La parada en Kranjska Gora era eso. Una parada. Sin gente, sin oficina de turismo y sin ninguna pista de qué debería yo hacer ahora que estaba ahí. Caminé intuitivamente y además de algunas casas muy bonitas fui encontrando locales, en su mayoría de alquiler de ropa de ski. Y finalmente la vi, a la estación de Ski. Las góndolas paradas, una garita que no sé si estaba abierta o no y una familia con unos niños que jugaban en el pasto verde, sin nieve y sin gracia para un centro de Ski.
En mi defensa, en la Patagonia pasan muchas cosas durante el verano también. No las mismas que en invierno, claro. Si vas al Cerro Catedral en Enero, apuntás a otro tipo de excursión muy diferente a si vas en Julio, pero algo para hacer encontrás seguro.
Podría haberme acercado, preguntarle a alguien, pedir alguna indicación… Pero en ese momento lo que más sentí fue vergüenza. Me intimidó el sentirme tan errada y me enojé conmigo misma por no haberme subido al micro repleto de gente que iba a la playa, a Pirán.
Creo que me atacó ese maldito miedo al «qué dirán». ¿Qué dirá esta gente cuando le pregunte si se puede tomar una góndola para subir más arriba en la montaña? ¿Qué pensarán cuando se den cuenta de que no tengo ni la más pálida idea de dónde estoy ni de qué hacer? ¿Les daré risa o pena?
Mi voz interior me aconsejó que me alejara rápidamente. Yo convivo con ella hace bastante, y sé que por lo orgullosa que es, prefería irse del lugar antes de correr el riesgo de ponerse en evidencia y quedar patética frente a los ojos…¿de quién? De unos desconocidos que probablemente no iba a ver nunca más en mi vida.
Me estoy poniendo muy psicoanalítica. El tema es que no me animé ni a preguntar ni a pedir ayuda; y escapé lo más rápido que pude a la zona más céntrica que encontré. Al lado de un súper encontré un mini café (nada especial, bien de paso) y me autoconsolé con un poco de cafeína y leche caliente.
Por suerte, sabía que solo faltaba una hora para que un micro devuelta a Liubliana pasara devuelta por ahí. Así que me limité a caminar algunos minutos, entre calles lindas pero vacías, hasta que empezaron a caer unas gotas.
Suena muy conveniente decir que llovió para darle drama al relato, ¿no? La verdad es que era uno de esos días raros, de esos que por momentos tienen mucho sol y en otros se vuelven muy nublados.
Y me tocó un mini-chaparrón veraniego de montaña, con sol, para ponerle un nombre meteorológico atinado. Me divirtió. Ya faltaba poco para que el micro me recogiera, ya había pasado mi momento de frustración por mi mala decisión, de enojo conmigo misma por no haber averiguado mejor y de tristeza por haber desperdiciado varias horas y varios euros; y ya estaba en la etapa en la cuál necesitaba empezar a reirme un poco de mi propia desgracia y situación.
Así que hice justamente eso. Me reí, sola, con mi café para llevar de baja calidad en un pueblo de ski perdido en Eslovenia, mientras me mojaba un poco.
El micro llegó 5 minutos tarde (unos 5 minutos que se sintieron 30, porque el miedo a que el bus no llegara nunca jamás y de tener que quedarme en Kranjska Gora por tiempo indefinido me estaba carcomiendo) y me subí felizmente.
Entonces tuve una brillante idea: darme revancha. Una persona promedio, después de un intento de excursión tan fracasado, hubiera vuelto tranquilamente a la capital, al epicentro turístico, a la bella y segura Liubliana para seguir recorriendo algunos rincones o repasando los clásicos.
Pero ese día, claramente, yo no tenía ganas de ser promedio, así que decidí jugarmela de nuevo con otro pueblo. ¡Mirá de quién te burlaste vos, Kranjska Gora!
Me bajé en una localidad que queda de paso, a medio camino entre Kranjska Gora y Liubliana, que se llama Kranj. (Sí, la variedad de nombres no parece ser el fuerte de Eslovenia.)
No voy a mentir. No volvería a Kranj, ni lo pondría en una lista de imprescindibles de Eslovenia. Pero ese día, para mí, en esa situación, funcionó como un gran «destino consuelo».
Tiene una suerte de centro/ calle peatonal pintoresca que pude recorrer y fotografiar.

En un momento me paré frente a una mesita de madera, muy sencilla; que tenía comida a la venta. Atrás había 3 nenas eslovenas, de unos 8 ó 9 años calculo. Deduje que eran las niñas exploradoras de la región. Así que me tuve que solidarizar con ellas y comprarles un brownie. No sé qué les emocionó más: haber logrado una venta o haber cruzado unas palabras en inglés con una chica extranjera y rara caminando sola, en pleno verano, por su pueblito no muy turístico.
En fin, me alejé caminando despacio, contenta con mi brownie y por haber hecho mi buena acción del día.
Llegué a un arroyo simpático y caminé por el sendero que lo acompañaba durante un rato. Hasta que recordé por qué me parecía que Kranj era interesante: en un blog había leído que tiene un punto panorámico muy lindo; «como para sacar una foto de postal».
No tenía mejores planes así que volví a leer el blog (God bless the blogs, a veces) y seguí al pie de la letra las intrucciones para dar con este supuesto punto panorámico; que era en realidad una playa de estacionamiento, pero que está sobre un puente muy alto y que entonces ofrece una vista particular.
Tuve que cruzar varias calles y hasta una autopista; alejándome cada vez más de la parte histórica y «turística» de Kranj. Con todas las malas decisiones que había tomado durante el día, esto no me pareció grave. Digamos que ya estaba curada de espanto.
Llegué al benemérito punto panorámico. Saqué una linda foto.

Dije linda, sí, porque no es espectacular. Pero lo importante es que fui exitosa en mi misión y eso me ayudó a reconciliarme con mi viajera interna, que bastante golpeada había quedado en este día.
Ah, esas iglesias que se ven en la foto… No pude entrar. Creo que caí muy en la hora de la «siesta». O muy en verano. O muy cuando todo está cerrado, qué se yo…
Volví a Lubliana y fui directo a mi hostel. Necesitaba un momento de tranquilidad para tomarme un té y procesar mis desgracias del día.
El tema con los hostels es que a veces uno se puede ver obligado a interactuar, hasta cuando no tiene ganas. No tiene mucho sentido que te sientes en la «sala común» como me gusta decirle, si no estás dispuesto a asumir el «riesgo» de que alguien te hable.
A mi me habló Alex, un inglés simpático y sonriente, que se notaba que acababa de terminar su jornada de paseo. Me dijo alegremente, ¿How was your day? Ay Alex, para qué preguntar… Le conté un poco mi infortunio, y al rato de nos sumó otro inglés-hindú, Padju.
Alguno de los 3, no recuerdo bien quién, propuso cambiar los tés que estábamos tomando, por unas cervezas en Metelkova Mesto: el barrio alternativo de moda de la ciudad.
Antes era una sede del Ejército, y si no me equivoco, en algún momento hasta funcionó una cárcel en el lugar. Hoy en día lo definiría como un centro cultural, con algunos bares y muchas piezas de arte callejero y reciclado.

Mis nuevos amichis ingleses y yo tomamos alguna que otra cerveza en el distrito Metelkova, y después nos dirigimos al centro, en busca de comida. Charla va, charla viene, intercambiamos experiencias, anécdotas de viaje, nos reímos de mi gran fail del día y como me suele pasar, acaparé varios minutos hablando sobre mi vida en Austria y lo particular de mi experiencia. Me gané un «Your story is just amazing» en un perfecto acento londinense y un «¿How come your english is so good?» que me subió un poco el ánimo.
Me fui a dormir contenta y agradecida de que a Alex se le hubiera ocurrido hablarme en esa sala común. De un día decadente, saqué una noche muy decente. Así es la vida del viajante…
Bled
De los 7 días que pasé en total en Eslovenia, 3 se los dediqué a Bled y al principio eso me generó sentimientos encontrados.
Lo que pasa con Bled es que es uno de los destinos turísticos que a veces se los define como «arruinados por Instagram». Es uno de esos puntos perdidos en el planeta en que alguien un día sacó una buena foto, la subió a las redes, se hizo viral y de repente recibe muchísimos más visitantes de los que jamás hubiera imaginado y; sin ánimos de ofender, muchos de esos visitantes son asiáticos. Cualquiera que haya viajado por las grandes ciudades de Europa o E.E.U.U. me entiende en lo que estoy intentando decir.
Cuestión, que Bled es a Eslovenia lo que la torre Eiffel a París; o el Coliseo a Roma. Un lugar único, épico, pero lleno de gente que está más preocupada por conseguir su foto perfecta que por ver y entender qué es lo que tiene enfrente.
Dicho esto, voy a decir que Bled merece toda la fama que tiene. De verdad que es un lugar mágico. O al menos yo lo sentí así. Las caminatas, las vistas, y los episodios que viví durante esos 3 días todavía hoy los siento muy especiales. Creo que acá tuve los momentos más surreales de mi largo recopilado de viajes.
¿Y qué hace a Bled tan especial?
Su lago, de un color entre turquesa y verdoso, que tiene una isla artificial en el centro sobre la que se alza una iglesia. Todo esto en un entorno de montañas de Los Alpes, claro. La foto de la que hablé, que convirtió este lugar en destino codiciado / instagramer debe haber sido algo así:

Algo así pero mucho mejor, seguramente. Uno de los grandes «obstáculos» de Bled es que es uno de esos típicos lugares en los que parece imposible sacar una foto lo suficientemente buena.
Me pasa ahora mismo, mientras escribo esto, que lo que estoy mostrando no le hace para nada justicia a lo que estoy contando. Bled es mucho más impactante de lo que esta foto deja ver.
Y esto me da el pie para contar una patología que empecé a desarrollar justamente unos minutos después de haber llegado a Bled. Lo voy a llamar el «síndrome de la foto perfecta». Y yo caí. Fui contagiada por esa oleada de turismo moderno que se obsesiona por intentar conseguir esa foto suprema. Esa foto que deje con la boca abierta al que no está en el lugar, pero la ve por Whatsapp, Facebook, Instagram o similares.
Obviamente no estoy orgullosa de haberme contagiado de esta manía de fotos para impresionar a terceros; pero por suerte, me curé muy rápidamente.
Bueno, decir me curé es un poco contradictorio, porque justamente mi cura fue el lastimarme. Literalmente. Nada grave, simplemente un sacundocito que me hizo volver rápidamente a centrarme en mi cabales. Fue así:
Una vez que llegué a Bled hice lo que siempre: buscar mi hostel, instalarme y sin perder muchos minutos más, salir a recorrer. Según me indicaron en el hostel, la relga nº 1 al llegar a Bled es dar la vuelta al lago.
Básicamente, es un sendero natural, de tierra, que te lleva a dar una vuelta completa alrededor del lago y de su hermosa isla artificial. Es un camino que comprende unos 4km, y se tarda un par de horas en completar. A lo largo del camino uno se va encontrando con algún que otro café, y con varios sectores habilitados como «playas públicas». El resto, es bien agreste: un camino de tierra, al lado de una barranca que da al lago.
Lo lindo es que prácticamente durante todo el camino una puede ir viendo la isla, ahí tan magnífica, en el medio del agua. Y, justamente, ir recibiendo diferentes tipos de ángulos desde la cual observarla. En realidad se trata de observar la isla, la iglesia, las montañas, el lago y sus habitantes:

Heme aquí, caminando por este sendero y admirando la vista cuando fue que empecé a obsesionarme por conseguir esa foto perfecta. Y fui probando versiones, planos, tomas, más arriba, más abajo, desde estos diferentes ángulos… Pero ninguna foto lograba satisfacer mis exigencias de adicta fotográfica.
Así que empecé a probar perspectivas un poco más jugadas y en un momento se me ocurrió que era buena idea acercarme más al lago, pero no hacerlo en una de las playas o bajadas habilitadas, sino armarme mi propio camino entre las plantas y pastos que separaban al sendero del lago.
La idea fue mala y jugando a Dora La Exploradora finalmente me resbalé y caí. Caí un par de metros por esa ladera con vegetación que desembocaba en el lago.
Fue un shock. A nadie le gusta caerse, eso está claro; pero acá a la sorpresa y mal gusto de la caída se le sumaba un poco de dolor por los raspones (estaba en shorts, y obviamente también usé mi manos para amortiguar el golpe así que algunos micro-cortes en la piel me llevé) y el hecho de saber que acababa de hacer algo tonto y que un poco me merecía haberme caído.
Como dije, esta caída brusca me despertó violenta pero eficientemente para darme cuenta de que mi propósito en Bled no podía ser sacar la mejor foto del mundo, metiéndome en lugares raros para lograrlo; sino, simplemente admirar el paisaje y disfrutarlo, con mis ojos, en ese momento.
Después de este baño de realidad (lo bueno de haberme caído al lado del lago fue que rápidamente pude desinfectarme y limpiar mis heridas ahí mismo) seguí con mi vuelta y eventualmente encontré una playa pública donde sí había gente pero no tanta y pude interactuar pacífica y legalmente con este entorno maravilloso.
Me metí al lago, y como no podía ser de otra forma, saqué una foto mucho más linda que en el lugar extravagante y accidentado de antes. Lección aprendida.

Seguí mi paseo con un helado en mano: era justo y necesario que me diera un mimo. Quien haya leído mi posteo sobre Croacia y me lea ahora; pensará que es peligrosa mi adicción a los helados. Para defenderme solo diré que en muchos países de Europa, la cultura de tomar helado mientras uno camina está super internalizado.
Y tomar un helado es literalmente, comer un cucurucho con 1 bocha. Y una bocha simple, de chocolate, generalemente. Lo aviso para que no piensen que me la pasé almorzando 1/4 kg de helado de Súper Dulce de Leche granizado día por medio…
Cuestión, ya recuperada me dirigí al castillo de Bled, que como en el caso de Liubliana, tampoco me voló la cabeza. Si usted está buscando los mejores castillos de Europa, Eslovenia pareciera no ser el lugar más acertado…
Pero la vista era linda, claro. Y ahí cerca del castillo encontré un lugar que definitivamente le dio otro color a mi día. Llegué a un de los puntos icónicos de Bled, un hotel-residencia (Vila Bled) que incluso albergó a personalidades de la realeza europea y que es la cuna de un invento maravilloso: la Torta Bled.
Cuando empecé a adentrarme en este palacio residencial, primero por sus jardines empinados con vista al lago, sentí que el tiempo se congelaba. Cliché, lo sé; pero es que se juntaron varias cosas: en primer lugar, la impresión del lugar, antiguo, elegante, histórico. Por otro lado, el hecho de que practicamente no había gente. Una vez que entré en el restaurante del hotel, una moza, muy bien vestida, salió a mi encuentro y me invitó a sentarme en una mesa en la galería/balcón; donde había solamente 4 personas más en total.
El otro factor clave fue el cielo. El día había estado medio inestable; pero en este momento, que ya serían más de las 6 pm, todo el cielo se cubrió de nubes, de esas negras, que gritan «¡tormenta!»
Así que ahí estaba yo, en mi mesa solitaria en la galería, con una vista inmejorable, tomando un Capuccino y degustando la Torta Bled, escribiendo el diario del que se llenan estas memorias, cuando se desató la lluvia torrencial.
Voy a dejar una foto para comprobarlo, porque a esta altura esto puede parecer más ficción que realidad. Yo misma lo sentí así.


La lluvia fue uno de esos chaparrones fuertes de verano, con rayos y todo. No habrá durado más de 20 minutos. Pero yo en ese momento realmente perdí registro del tiempo. Me sentía Agatha Christie (tal vez porque dicen que se alojó en este mismo hotel) escribiendo una novela policial, a principios del S XX.
Creo que por siempre, cada vez que piense en Bled, me voy a acordar de este episodio hermoso y surreal.
Como quien despierta de un sueño, caí en la cuenta de que estaba en un lugar alejado, en una zona de bosque, post tormenta; así que más me valía ir bajando al centro si no quería terminar a oscuras y demasiado embarrada.
Mi plan era ya volver al hostel, tal vez comprarme algo tranqui para cocinar (lamentablemente no se vive de tortas y helados, lo sé) Pero Bled quiso cambiarme los planes. No pude resistirme a dar unas vueltas más por la orilla del lago en ese ambiente post tormenta. Todavía había algo muy especial en el cielo que me tuve que detener varias veces a observar.

Hago un paréntesis para explicar qué son estos barquitos y qué función cumplen.
Básicamente, hay 3 formas posibles para llegar a la Isla de Bled:
- Ir en Pletna. Hay barqueros y cada uno tiene su Pletna. Te ofrecen llevarte a la isla en un viaje corto de unos 15 minutos y a un módico precio de 15 euros per cápita. Es una suerte de viaje en góndola pero versión eslovena.
- Alquilar un kayak por hora y realizar tu propia excursión a la Isla.
- Nadar.
¿Cuál de estas opciones elegí yo? Siga leyendo para resolver este (bastante obvio) misterio.
Cierro paréntesis y vuelvo al orden cronológico de mi relato.
Volviendo a la zona más céntrica de Bled me encontré con un evento organizado al aire libre. Había un escenario montado frente al lago y un espacio enorme, en el pasto, con público de todas las edades que parecía estar esperando algo.
Resulta que por ser verano, la municipalidad de Bled había organizado conciertos gratuitos al aire libre todas las noches. Me dijeron que se estaba esperando la confirmación de si el de esa noche se iba a hacer o no, por la lluvia de un rato antes.
Deduje que la mejor forma de esperar la confimación era en el muelle; tomando algo y disfrutando de los últimos atisbos de luz del día. Así que eso hice. Y tuve una compañía muy especial:

Ya advertí que este había sido un día muy surrealista…
El concierto empezó y me sumé a los eslovenos y turistas que escuchaban a una artista afroamericana y a su banda cantando jazz-fusión.
Si vuelvo a escuchar a esa banda ahora, sentada en el living de mi casa, tal vez no me parezca gran cosa; pero en ese momento y en ese contexto, yo sentí que eran unos artistas gloriosos y que le dieron el broche de oro a un día tan atípico como increíble.
Al día siguiente me fui a Bohijn. Bohijn es otro pueblo turístico de la zona pero más familiar digamos. Me inventé un paralelismo con respecto al sur argentino porque justamente, en algunos puntos me sentí en plena Patagonia.
Entonces, si Bled es Bariloche, Bohijn es San Martín de los Andes. Un lugar igual de lindo pero menos atestado de gente y donde se nota que hay mucho más turismo local. Al llegar a Bohijn me encontré con que el público eran grupos numerosos de amigos y familias moviéndose con carpas y motorhomes. Todo esto me dio nostalgia, me hizo acordar a mis vacaciones familiares en el Sur y llegué a pensar que en algún momento me iba a encontrar a mi Tía Carolina, fiel vacacionante de San Martín, saliendo de alguna de esas carpas.

Voy un poco para atrás: es necesario que cuente cómo llegue a Bohijn, porque como todo lugar esloveno que requiera moverse en transporte público, fue bastante difícil llegar.
Bah, llegar se llega en un colectivo, pero una vez más, yo estaba bastante perdida con respecto a dónde bajarme y qué hacer específicamente en Bohinj. Había leído que el lago era divino y que se podía hacer mucho trekking. Fin de mi conocimiento sobre el lugar. Así que mi plan inicial era bajarme en el centro, encontrar la oficina de turismo y que me armaran un buen plan para el día.
Hay otro talento que desarrollé en mi tiempo de viajera solitaria y del cual me siento muy orgullosa. Se trata de, en momentos claves, poder identificar a personas que están en una situación parecida a la mía y que me puedan ayudar con mis dudas de viaje. La cuestión es que ni bien subí al colectivo, mi vista de águila identificó a una chica, con mucha pinta de turista, también viajando sola.
Ni lenta ni perezosa, entre las demás opciones disponibles de asientos del colectivo, elegí sentarme al lado de ella y de a poco, tímidamente, le dí conversación. La chica era Amy, una india/americana que también iba a Bohijn y tenía bastante más idea de qué hacer ahí que yo. Me tiró un par de tips indispensables que me vinieron muy bien, como por ejemplo, el hecho de que había un teleférico con una vista impresionante, del que yo no tenía ni idea.
Algo que me causó mucha gracia de Amy fue que cuando le dije que era argentina me respondió que «se lo había imaginado». La miré muy sorprendida y me explicó que había estado un mes en el país, viviendo con una familia e intentando aprender algo de Español y que algo en mis gestos, mi cara y mi acento le hizo pensar que yo era de Argentina. No sé si será verdad, pero su comentario me pareció tierno y divertido.
No me prendí a Amy como una sanguijuela, ella claramente tenía su plan para el día de Bohijn armando y yo al lado suyo me sentía una viajera irresponsable. Pero tomé algunos de sus consejos y me bajé, según mi plan, en la oficina de turismo. Nos saludamos diciendo «Hope to see you later» y, tal vez no tan sorpresivamente, efectivamente nos vimos después.
Mi visita a la oficina de turismo me decepcionó. Lo que más me frustró fue la cara con la que me miraron cuando dije que no tenía auto, ni bicicleta; que era yo sola queriendo recorrer al máximo lo que pudiera de Bohijn. El chico que me atendió me dio a entender que mucho no iba a poder hacer. Y en vez de aceptar su opinión, ese fue mi impulso para proponerme hacer TODO lo que pudiera.
Caminé y caminé como si no hubiera mañana. Lo primero que hice fue ir al Mont Vogel, al teleférico que me había recomendado Amy. Pagué bastantes euros, subí a la montaña y me encontré con una vista para la que no estaba mentalizada:

He aquí la belleza de los Alpes Julianos (así se le llama al cordón montañoso de Los Alpes a la altura de Eslovenia) y el lago Bohinj.
Como buen centro de montaña de altura, al bajar del teleférico hay un café, miradores varios y aerosillas que suben a una parte aún más alta del monte. Cerca de las aerosillas, sentada en una piedra me encontré a Amy; ya dije que nos íbamos a volver a encontrar.
Ella había llegado ahí mucho antes que yo porque, cuando decidí bajarme del bus en la oficina de turismo, ella siguió camino y se bajó en una parada que la dejó en la entrada del teleférico. Yo en cambio, después de mis averiguaciones tuve que caminar aldedor de 1 hs 30 min para llegar a la entrada al Mont Vogel.
Nos saludamos y de paso, Amy me dio otro gran consejo. Me recomendó tomarme las aerosillas, que eran gratuitas por haber pagado el teleférico y subir incluso más arriba, a explorar un poco más y hacer algo de trekking.
Obviamente, le hice caso a Amy, mi salvadora, experta en paseos en Bohinj. Nos despedimos, tomé la aerosilla y subí. El panorama arriba era un poco más desolador porque realmente, mucha gente no había. Eso no impidió que me metiera en un sendero y empezara a caminar cuesta arriba. Supongo que lo hice por la propia inercia de seguir paseando y de pensar que cuanto más arriba, más linda la vista, ¿no?
Después de bastantes minutos, empecé a notar que cada vez había menos y menos gente dentro de mi campo visual. Bueno, que no había más gente en realidad. También llegué a la conclusión de que ese sendero en el que estaba caminando bien podría ser un camino para hacer una travesía de montaña; me refiero, a las que demandan acampar en la altura o dormir en un refugio…
Prudentemente, decidí que era mejor emprender la vuelta. Hay algo que me llama mucho la atención del manejo del trekking y las montañas en Europa y tengo una hipótesis al respecto. Voy a hacer un paréntesis para explicarlo.
Según mi experiencia en el sur Argentino, cada vez que vas a hacer senderismo en alguna montaña de altura, tenés que registrarte con Gendarmería: dar tus datos y explicar brevemente por dónde vas a caminar y cuándo vas a volver. Esto es para que llegado el caso de que no regreses cuando lo declaraste, se interprete que podés estar en una emergencia y que hay que salir a buscarte. Las montañas son muy traicioneras, perderse es bastante más fácil de lo que parece y no son pocas las historias de personas que tuvieron que ser rescatadas y las que no llegaron a serlo…
A lo que voy es que en Europa NUNCA nadie me pidió mis datos antes de empezar a hacer senderismo de montaña. Este episodio en particular fue el primero que llamó mi atención; pero se repitió en varios países que visité después. Yo pienso que tiene que ver con el concepto de autosuficiencia que tienen en Europa. Cada quien es dueño y responsable de lo que hace; por lo que subir una montaña y no perderte es tu responsabilidad.
Empecé entonces mi camino de descenso a la civilización porque no tenía ganas de que se lanzara una búsqueda de rescate en mi nombre y porque, en caso de ser necesario, nadie iba a saber dónde buscarme y bajo el nombre de quién porque nadie sabía que yo estaba ahí, en ese momento, vagando por las montañas.
Saqué algunas lindas fotos en la altura (que lamentablemente perdí) y bajé devuelta a la altura del lago, muy satisfecha con mis paseos de montaña.
Mi segunda parada del día fue una cascada. La cascada Savica, para ser más precisa. Linda, no es por desmerecerla; pero lo que más recuerdo de ella es el camino de trekking para encontrarla. Aproximadamente 1.30 hs de caminata fue lo que tuve que hacer, y con bastantes subidas, porque lo lindo es llegar a ver donde nace el salto.

Quedé bastante exhausta después de todo este trajín (ya lo dije, realmente caminé mucho este día) pero rápidamente encontré una gran forma para recuperarme. Meterme al lago.
Poco después de salir del sendero de la cascada me lo volví a encontrar a él. El que le da nombre y sentido a Bohinj. El lago.
Tenía mucho calor y cansancio, así que me metí rápidamente. Estuve ahí un buen rato: haciendo la plancha en el agua más helada y en el paisaje más hermoso, probablemente, de todo este viaje.

Mi buen momento de relax se vio repentinamente interrumpido cuando me dí cuenta de la hora que era.
Más allá de haber estado todo el día a pie, entre la excursión al Mont Vogel, la cascada y la parada en este spot del lago, me había alejado bastante del centro de Bohinj. Por bastante no sabría definir cuántos kilómetros, pero unos 5 tendrían que ser seguro.
Necesitaba volver a «la civilización» a tiempo para poder tomarme el último bus a Bled. Preocupada por haberme alejado demasiado y estar en riesgo de no llegar a ese benemérito bus, corrí un poco esos 5 km. La corrida tuvo su beneficio porque finalmente llegué con 40 minutos de anticipación a la salida del micro y entonces hice a tiempo a pasear por esa zona céntrica de Bohinj. Y el centro de Bohinj también me dejó su encanto. Estaba concurrido por familias y grupos de amigos, como mencioné, con sus carpas y motorhomes. De hecho todo el centro parece un gran camping, con algunos puestos de abastecimiento e información.
Y entonces, en uno de esos «puestos de abastecimiento» me abastecí. Sí. De eso. De eso que empieza con H y que es muy frío. ¡Pero nadie puede negar que me lo merecía! Había caminado mínimo 15 km en todo el día…
En la parada del bus, mientras estaba esperando el colectivo que me llevara devuelta a Bled me encontré con una cara que me resultaba familiar. Casi empezando este raconto adelanté un episodio en el hostel en Liubliana, que iba a marcar mi viaje más adelante. Hablé de mi encuentro con Génesis.
La cara familiar era, obviamente, Génesis. Nos divirtió el encontrarnos en esta situación. Habían pasado varios días desde nuestra mini charla en Liubliana y Bohijn no es realmente un destino súper turístico al que suelan ir muchos viajeros.
Génesis también estaba parando en Bled, pero en un hostel distinto al mío (y mucho mejor, hay que decirlo) y había venido a pasar el día a Bohinj con un compañero de hostel que había conocido el día anterior.
Nos sentamos juntos durante este viaje Bohijn – Bled que dura unos 40 minutos, charlando de lo que habíamos hecho en este lugar paradisíaco y cuando estábamos por llegar a Bled, Génesis y su compañero me invitaron a su hostel. Resulta que esa noche iba a haber una barbacue abierta a la que podía sumarme y comer parrilla libre solo pagando algunos euros.
No me costó aceptar la invitación, y ni siquiera barajé la opción de pasar por mi propio hostel a cambiarme etc, etc. Es lo bueno de los hostels, nadie pretende encontrar a nadie «arreglado». Con mi look de día de lago y montaña y mis 15 km de caminata encima, caí a la Barbacue de este hostel ajeno y muy buena onda.
Fue una gran noche para dar cierre a un gran día. Compartí mesa, primero, con unos canadienses apasionados del senderismo de montaña. Recuerdo especialmente a Jon. Cuando le dije que era argentina se le abrieron mucho los ojos mientras me decía emocionado: «¿Fuiste a la Patagonia?» Hice mi acto de bondad para con el país, porque me pasé gran parte de la noche recomendando ciudades, montañas y refugios del Sur, intentando contribuir al turismo de mi país.
También practiqué un poco de francés con 2 amigas parisinas.
Pero lo más importante de esta noche fue el plan que se forjó para el día siguiente. Génesis me presentó a una compatriota suya: Claire, y los dos me contaron cuál era su objetivo para el día siguiente.
Simplemente, ir a la isla de Bled. ¿Cómo? Nadando. No hizo falta que me dijeran mucho más. Al rato me estaba despidiento de todos ellos para volver a mi propio hostel a descansar lo suficiente para poder estar en condiciones, dentro de unas horas, de hacer la travesía acuática con Génesis y Claire.
El día siguiente, después de un buen desayuno nutritivo, me encontré con estos dos personajes australianos. La que guió toda la excursión fue Claire. Se notaba que tenía experiencia nadando y hasta había hecho cálculos de cuál tenía que ser nuestro punto inicial para ir lo más recto posible hacia la isla y con menos riesgo de cruzarnos Pletnas (los barquitos de la foto más arriba) o kayaks.
Para quien haga natación o tenga un poco de noción de tiempos y distancias de nado, un trayecto de 800 mts no le parecerá mucho. Para mí, era toda una travesía: nadar un total de 1600 mts (ida y vuelta) no a mar abierto pero sí a «lago abierto», sin posibilidad de pararse a descansar durante esos 800 metros de trayecto y esquivando posibles embarcaciones…
Todo el plan me resultaba emocionante y desafiante a la vez. De chica hice natación como una buena parte de los niños porteños, pero ¿de ahí a la práctica? ¿La técnica? Sospecho además que nunca fui una gran nadadora, sino que simplemente me defiendo y lo que más me preocupaba era el tema de la resistencia. No es que fuera a ahogarme, obvio, pero no tenía ni idea cuánto tiempo seguido nadando se necesitaba para hacer el recorrido y tampoco tenía idea de cuán rápido iban a ir mis compañeros.
Así y todo, estar con ellos me daba seguridad porque, por lo poco que los conocía, intuía que no me iban a dejar colgada en el medio del lago si la excursión era demasiado para mí…
Todo esto para contar un poco qué se me pasaba por la cabeza, aunque yo estaba claramente decidida a lanzarme.
Me encontré con Claire y Génesis y una vez que llegamos al punto que según Claire era el mejor para empezar a nadar, tuvimos que hacer algo que, para mí, era más peligroso que cualquier tipo de excursión de nado: esconder nuestras pertenencias en algún lugar de la orilla.
No habíamos llevado mucho, solo los elementos más básicos en este mundo contemporáneo: celular, algo de plata, llaves del hostel y la ropa que obviamente ibamos a sacarnos para meternos al lago.
Dejar este conjunto de cosas «abandonadas» o más bien escondidas atrás de un árbol durante, mínimo, una hora, y a tantos metros de distancia, eso sí que me parecía una locura. Una locura sin solución alternativa si queríamos conservar nuestro plan de nadar los 3 al mismo tiempo. Así que hice lo posible por recordarme a mí misma que los estándares de seguridad en otros países son diferentes al mío, y que si me había ido bien dejando mis cosas sola en la orilla en Croacia, no había razón para pensar que acá iba a ser diferente.
Claire y Génesis estaban más relajados que yo en este aspecto pero de todas formas, todos hicimos un esfuerzo por dejar nuestras pertenencias lo mejor escondidas y resguardadas posible y, finalmente, saltamos.
Digo saltamos porque literal, el punto desde el que salimos no era plano, no era una «playita» justamente porque queríamos que no estuviera muy transitado; y empezamos a nadar.
El agua estaba fría, como era de esperarse, pero en ese momento yo no podía detenerme a pensar mucho en eso. Quise arrancar bien «rápido», como para aprovechar el impulso inicial.
Cuando después de varios (¿segundos o minutos?, no lo sé) me dí el tiempo de parar y abrir bien los ojos, me encontré con que la isla estaba mucho más lejos de lo que yo habría esperado.
Típico de la vida: una piensa que está avanzando un montón y resulta que no era tan así. Por suerte en este caso no tenía mucho tiempo para pararme a sobre-reflexionar. La única forma de llegar a la meta, también bien típico de la vida, era seguir avanzando.
De vez en cuando hacíamos micro pausas para chequear que todos estuviéramos bien (obvio Claire iba a la delantera y Génesis y yo la seguíamos como podíamos) y rápidamente seguíamos nadando.
De por sí, toda la situación me generaba una sensación emocionante. Varias veces me encontré a mí misma sonriendo abajo del agua, pensando en lo divertido que iba a ser contar después esta historia.
Durante gran parte del «viaje» me pareció que la meta nunca se acercaba. Cada vez que miraba para adelante sentía que la isla estaba igual de lejos y la orilla, más lejos todavía.
Creo que fue más o menos así hasta que pasamos la mitad del trayecto. Ahí ya no hubo vuelta atrás y de repente empecé a notar que con cada brazada, el tamaño de la isla se agrandaba.
Y entonces cada vez pude distinguir mejor la forma de la iglesia (que es el gran atractivo de la isla) y también empezar a ver a las figuras humanas que se estaban paseando por ahí.
Llegamos (yo última, y a mucha honra). Como acabo de mencionar, la isla es chica y existe pura y exclusivamente para la capilla; propiamente dicho, para la Iglesia de la Asunción.
La iglesia tiene varias particularidades. La primera es que hay que subir 99 escalones para llegar a la entrada; y la segunda es que adentro, se puede tirar de una soga para tocar la campana y pedir un deseo… El chiste del toque de campana sale 6 euros (o al menos eso salía en ese momento) Más allá de que yo no hubiera accedido a pagar esa plata por esa «tradición», tampoco me hubieran dejado hacerlo.
Claramente Génesis, Claire y yo no estabamos nada aptos para entrar a la iglesia. Estábamos empapados y en malla, por si hace falta volver a mencionarlo. Lo que hicimos sí fue subir las escaleras de la iglesia, admirar la vista y dar la vuelta caminando a toda la isla (en patas, lo que no fue muy agradable) . Es chica, así que no debemos haber tardado más de 15 minutos.
Lo que sí lamentamos muchísimo fue no tener al menos una moneda de 2 euros con la que comprarnos un helado o una gaseosa al menos. Triste la vida del pobre nadador…
Después de un breve descanso, emprendimos el viaje de regreso. Creo que este lo disfruté todavía más. Iba más relajada y hasta me dí el gusto de hacer pausas más largas y quedarme por ratos suspendida en el agua, en el medio del lago, entre la isla y la orilla.
Cuando llegamos devuelta a la costa, después de chequear que todas nuestras cosas siguieran donde las habíamos dejado, lo primero que hicimos fue fotografiar nuestra hazaña.

Y después de eso, buscamos un buen lugar al sol donde secarnos, descansar y hacer un pic-nic bien merecido.
Ya recuperados, procedimos a separarnos. Génesis ya se iba de Eslovenia. Mientras nos despedíamos, agradecí el haberlo encontrado esa mañana en el hostel de Liubliana y la tarde anterior en la parada de bus de Bohinj; porque sabía que mis últimas 24 hs hubieran sido muy diferentes si no hubiera sido por esos encuentros fortuitos.
Claire y yo teníamos planes diferentes para la tarde, pero quedamos en volver a encontrarnos a la noche.
Como si no hubiera hecho suficiente actividad física en el día, decidí irme a una (otra) cascada, puntualmente a la Vintgar.
Sobre la cascada en sí no sé si tengo demasiado para decir. Puede que peque de poco entusiasta por tener bastante conocida la Patagonia. La verdad es que es un muy lindo paseo, de una hora aproximadamente, a lo largo del desfiladero que bordea el río Radovna. El agua es muy cristalina y las paredes rocosas que contienen a esta garganta de agua son bastante impresionantes.

A lo que voy es que más que la garganta en sí (creo que es más atinado decirle garganta de agua que cascada) lo que me llenó del paseo fue el camino para llegar hasta ahí.
Como prácticamente todo paseo en Eslovenia, lo recomendado es llegar en auto. Como yo no tengo auto ni práctica suficiente para alquilarme uno, siempre termino recuerriendo a mis queridas y confiables piernas.
Les pedí que hicieran el esfuerzo de llevarme hasta la garganta, en una caminta que me habrá llevado una hora y pico. Y digo que es lo que más me gustó porque para llegar a la susodicha, tuve que atravesar varias partes rurales. Caminé sola durante muchos minutos por una ruta descampada, pero que se sentía segura; y en el camino de vuelta, me dí el lujo de disfrutar del sol del atardecer pegando suave y dorado sobre el verde esloveno.
Más que satisfecha con toda mi actividad y conocimiento turístico adquirido en el día, me bañé y me preparé para encontrarme de nuevo con Claire.
Fuimos juntas al escenario al aire libre, a disfrutar del concierto público de Bled. Esta vez se trataba de una banda eslovena de ¿rock? O algo así. Bailamos, comimos, tomamos vino y brindamos por nuestro día y por nuestras vidas.
El día siguiente fue mi última jornada en Eslovenia, antes de cruzar a Bosnia, mi siguiente destino. El plan era bastante cuestionable: yo amanecí en Bled, pero necesitaba llegar a Liubliana. De Liubliana tenía pensado hacer una última excursión de varias horas a otro punto turístico que me quedaba pendiente (porque inquieta se nace) y volver a la ciudad a la tarde noche para tomarme un bus nocturno que me llevara a Mostar. Arriesgado.
Me levanté muy temprano, porque aún me quedaba un asunto pendiente en Bled. No había llegado a ir a uno de los puntos panorámicos más famosos del lugar, y que según me habían contado, tiene un encanto especial a la mañana. No me lo podía permitir. Así que con gran esfuerzo, no voy a mentir, me levanté a las 7 am, hice el check out del hostel y les pedí que me cuidaran mi mochila mientras hacía esta última visita.
Este episodio (ir a un mirador a las 7 de la mañana sabiendo que 3 horas más tarde tenía que estar tomándome un micro para ime a otra ciudad) fue el primero de una serie de momentos en mis viajes que pasé a denominar los «Never Enough«
Mientras subía al bendito mirador, pensando en el horario, y en llegar a tiempo para tomar el bus devuelta a Liubliana; se me vino a la cabeza esta canción de El Gran Showman. El contexto no tiene nada que ver, pero durante el estribillo la cantante repite una y otras veces «never enough, never enough, never enough for me.»
(Dejo el link a la canción simplemente porque me parece muy bella)
https://www.youtube.com/watch?v=Fbtr_uoURQc
Y eso pensaba mientras caminaba. Parece que nunca es suficiente para mí. Hay destinos y momentos en los cuales pareciera que me obsesiono por cumplir con una serie de puntos a visitar, y sigo, y sigo, sin ponerme a analizar mucho la situación.
Me reí de mi misma, como suelo hacer bastante seguido, susurrando (o no tanto) la canción de El Gran Showman hasta que llegué al famoso punto panorámico.

De hecho, hay dos puntos panorámicos importantes, que están bastante cerca entre sí. Con ir a uno, no era suficiente, así que me esforcé por llegar al segundo también:

Creo que las fotos están buenas, pero no sé si justifican toda la movida que implicó llegar hasta ahí. De todos modos, me sentí orgullosa por mi hazaña y bajando devuelta al pueblo decidí que a partir de ese momento, todos estos episodios en los que mi determinación por llegar a algún lugar, a toda costa, tomara niveles extremos, se iban a pasar a llamar momentos Never Enough. Y durante estos meses hubo muchos, muchísimos.
Contra todo pronóstico, salí vencedora y al mediodía estaba devuelta en Liubliana. Sin mucho respiro, me subí a otro bus para ir a las Cuevas de Postjona.
Paréntesis turístico: Las cuevas de Postjona son un conjunto pasadizos y túneles subterráneos en las que hay 2 cosas fundamentales: la primera, es la parte geológica: las estalagmitas y estalactitas. Para ingresar sí o sí hay que ir en un grupo guiado y subirse a un tren que va por adentro de las cuevas. Curioso.

Y en segundo lugar, la cueva es súper especial por su parte biológica. Fanáticos de las Ciencias Naturales, atención: esta es básicamente, la cueva con mayor biodiversisdad en el mundo y su gran atracción es el «pez-humano».
Este especimen es interesante, por un lado, porque es el vertebrado que puede sobrevivir en mayor profundidad en nuestro planeta, Tierra. Además, puede estar hasta 12 años sin comer y vivir por más de 100.
Pero el «pez-humano», para los que no somos tan informados biológicamente hablando, es llamativo por el mito que hay alrededor suyo. En concordancia con la cultura eslovena, se creía que en las cuevas de Postjona originalmente vivía un dragón y que estos animalitos eran sus crías, es decir, los «dragoncitos». No me parece tan errada la semejanza, porque estos bichitos se ven así:

En resumen, me subí al tren, caminé por las galerías de la cueva entre las estalagmitas y estalactitas, vi a los «bebitos dragones» y muy a mi pesar, no me quedó suficiente tiempo para ir al Castillo Predjama.
Pienso que cuando una viaja a un lugar que le gustó y al que quiere volver, es fundamental quedarse con pendientes que funcionen como la excusa perfecta para, más adelante, repetir ese destino. En mi caso, con respecto a Eslovenia, el Castillo Predjama encabeza la lista. Por lo que sé, está incrustado en la montaña, tiene conexión directa con las cuevas, algunas historias medievales más que interesantes y uno de los mayores festivales de Feria de Justas de Europa se celebra ahí cada año. Es claro que tendré que volver para visitarlo.
Resignada a que no iba poder ir al castillo (cierran la entrada a las 15hs. ¡A las 15, en verano! Me pareció exageradamente temprano) no me quedó otra que volver a Liubliana. Tampoco es que tuviera tantísimo tiempo, mi bus a Bosnia salía a las 19 hs aproximadamente.
En el par de horas de yapa que me quedaron en la capital, me dediqué a revisitar algunos de los lugares y calles que más me habían gustado; tomar un café, porque, ¿por qué no? y a comprar algunos recuerdos. Ya lo advertí, el viajar sola me generó una especie de adicción a la compra de souvenirs.
Crucé por última vez mi puente favorito y me dirigí a la estación de autobuses para emprender mi próxima gran aventura: un viaje, con escala, en micro, de noche, de Eslovenia a Bosnia.
Continuará…
