VERANO EUROPEO. SOL. AGUA CRISTALINA. CIUDADES HISTÓRICAS. PLAYA Y FIESTAS.
¿Algún argumento que justifique NO ir a Croacia?
Bueno, sí se me ocurre algún argumento en contra de Croacia. Pero sólo si se trata de Junio del 2018, se está jugando el Mundial y los países que se enfrentan son, justamente, Croacia y Argentina. Es anecdótico, pero me saca una sonrisa pensar que llegué al país ese 21 de Junio, a tiempo para ver ese (fatídico) partido y cómo eso marcó el resto de mi paso por este lugar. Voy a retomar esto después. Ahora la pregunta es, ¿cómo llegué a Croacia?
Lo bueno de las aerolíneas low cost es que te pueden sorprender con las combinaciones de vuelos lo más variadas posibles. He aquí mi odisea para llegar de Salzburgo a Split:
No voy a aburrir contando todo el trajín que supone llegar desde el fondo de los Alpes Austríacos a un aeropuerto decente. Digamos que una vez en Münich, tuve mi primer vuelo a Croacia, a la ciudad de Rijeka. Lo único que vi de Rijeka es su aeropuerto, si merece ser llamado así. Es una suerte de galpón con 2 ó 3 puertas de embarque y sin sala de migraciones… Raro. En tal panorama, era de esperarse que el vuelo a mi destino final, Split, fuera particular.
Lo que no me esperaba era viajar en una avioneta.
¿No es creíble? Acá está:

Unos 18 asientos en total, aproximadamente, individuales. Una «cabina» de piloto abierta, sin ninguna especie de vidrio ni separación, donde el susodicho, muy simpáticamente comentaba cosas durante el vuelo. Lástima que no hablo croata y entonces, no le entendí una sola palabra.
Obviamente este «minibus con alas» se movió mucho más que cualquier avión común y corriente. A Dios gracias que no me dan miedo los aviones, pero para quienes sí, esta experiencia es altamente no recomendable.
Aparentemente Split era una «parada» en el recorrido. Me bajé (no tuve que tocar timbre para pedir la parada, al menos) sin entender todavía si todo esto era gracioso, divertido o espantoso. Mentira, la verdad es que me divirtió bastante. Que mi primer viaje sola en 24 años arrancara con un episodio de este tipo me pareció muy prometedor.
Ah, y por las dudas aclaro. Este vuelo lo operó Croatian Airlines. Y el pasaje lo saqué por Skyscanner. Es decir, yo no hice nada raro…
Lo que no me divirtió tanto fue llegar a migraciones y encontrarme con un oficial croata que sospechó de mí por tener un pasaporte italiano y no hablar italiano. (En serio, los argentinos con «doble nacionalidad» deberíamos hacer algo al respecto; es una vergüenza declarar una nacionalidad de la que una no puede hablar el idioma oficial)
Y más divertido que haber sufrido mi primer hurto en Europa. En el «aeropuerto» de Rijeka me robaron mi sweter favorito. Lo puse en la cinta del scanner y nunca más volvió a ver la luz. «¿Pero qué le pasó? ¿Se evaporó?» Le dije en mi inglés irritado a los oficiales. Nadie supo responderme. Misterio y lección: en Europa SÍ se roba. (Obvio que tengo mi teoría y mi sospechosa, pero no viene al caso).
Split
En fin, después de este excitante vuelo, llegué a Split. Y la pregunta es:
¿Cómo era la vida antes de Google Maps? ¿Se puede sobrevivir en una ciudad completamente extraña sin un GPS, internet ni manejo del idioma?
Se puede. Es más arriesgado, sí, y por ende, más emocionante.
En ese momento no contaba todavía con un chip europeo. Así que durante estos 10 días me propuse arreglarme a base de mapas físicos e indicaciones de la buena gente. Si mis bisabuelos pudieron hacerlo tantos años atrás, ¿por qué no podría yo?
Contra todo pronóstico, en una ciudad vieja, con muchos callejones y nombres de calles no marcados llegué a mi hostel.
Era mi primera vez sola en un hostel; tampoco es que hubiera ido a tantos en mi vida y «el hostel de Peter» es bastante particular para ser el primero en esta situación. Es más bien una casa, con un par de baños y dormitorios, una cocina, un living y mucha gente. Sencillo, familiar.
Y entonces salí a recorrer Split. Para esta altura ya estaba entrada la tarde, y yo tenía que encontrar dónde ver el benemérito partido.

Split parece una de esas ciudades que están divididas en 2. Cuando vas por el centro histórico todo parece pintoresco, especial, tiene esa magia y misterio de lo antiguo. Pero cuando salís de la «old town» o más bien, antes de entrar en ella, no entendés muy bien por qué estás ahí, porque no tiene nada especialmente lindo o turístico. Se trata de cruzar ese cordón.
Siempre que llego a un lugar nuevo (tal vez el 80% de las veces) sufro unos minutos, a veces horas, de shock. Tiene que ver con el desconcierto, pienso. Con el hecho de llegar a un lugar extraño, no ubicarme, no poder leer los carteles de la calle y sentirme muy ajena. Es preguntarme: ¿Qué hago acá? ¿Por qué elegí este lugar? ¿Y si flasheé banda viniendo acá? Dicho en criollo contemporáneo.
Pero una vez que logro cruzar el cordón físico y el emocional, realmente empiezo a disfrutar. Como digo, algún tiempo me lleva.
En el caso de Spilt fueron 2 horas, creo.
Después de andar un rato la old town, di con el «Fan Zone» del Mundial. Es decir, las pantallas gigantes donde la gente se junta a ver el partido, mientras obviamente, toma cerveza.
En ese mar de croatas, me encontré con varios compatriotas. Siempre tan nosotros, siempre ruidosos, siempre llamativos, siempre cantando el himno a los gritos y siempre creyendo que tenemos el partido ganado. Literalmente, éramos un grupo de apróx. 30 argentinos, varios con camisetas y banderas, jugando a los barrabravas con una pivo (cerveza) en la mano, ovacionando a Messi y seguros de que íbamos a golear a los croatas y encima tener el tupé de festejarlo en su propia casa y cara.

Por si el inconsciente decide en algún momento reprimir este episodio traumático, dejo por escrito que el resultado fue Croacia 3 – Argentina 0. Mientras más alto subas, más dura la caída dicen, ¿no?
El bajón del momento lo compensé cenando helado de chocolate. Pero lo más molesto fue, durante los siguientes 10 días que viajé por Croacia, notar la mirada, entre divertida y compasiva, cada vez que algún nativo me preguntaba de dónde era y escuchaba mi respuesta.
Una noche de descanso bastó para recomponerme física y emocionalmente, así que mi primer día oficial y completo de viaje empezó temprano, con una recorrida independiente por los callejones angostísimos e históricos de Split.
Cuando salí del hostel, podría decir que hasta había sol. Tal vez eso fue lo que me puso de humor para hacer mi paseo modo «libre albedrío», sin mapas ni oficinas de turismo que me dieran información.
Pero al rato el panorama cambió, la nubosidad llegó y la lluvia empezó. Y por lluvia me refiero a esas que arrancan tranquilas pero se convierten en torrenciales; que no te dejan otra opción que refugiarte en un lugar cerrado o empaparte completamente, es decir, tomar un buen baño forzoso.
Así que elegí la opción 1, y un poco buscando y otro poco encontrando, llegué a la Marvlvs Library Jazz Bar.
Algo había leído en Google sobre este lugar, y sabiendo que estaba cerca, la opción era más que tentadora. El establecimiento es precisamente el lugar de nacimiento de Marcvs Marvlvs (1450 – 1524) considerado el padre de la literatura croata.
Y el dueño de este bar café también es un poeta. Un argentino, descendiente de croatas, amante del jazz y de los libros.
Eso se nota con tan solo entrar al café, que está repleto de bibliotecas y estantes con ejemplares de todos los tiempos. Y de los más curiosos también. Resulta extraño y divertido ojear El Aleph de Borges en croata.
Pero lo más particular de todo es el menú. Más que una carta es, justamente, un libro. Un libro con prólogo, citas y pasajes de obras reseñado y firmado por el poeta/dueño del local, Tin, a quien tuve la posibilidad de felicitar en persona por el excelente lugar que montó.

Es fácil darse cuenta que para un amante de la literatura, la buena música y el café, este local es un 10. Pero si además, afuera todo es lluvia y truenos sobre calles empedradas; la escena se vuelve cinematográfica.
Cuando mi «película» terminó y habiendo comprobado que el sol estaba de vuelta de mi lado, salí a la calle, ahora sí, a encontrarme con Split.
Quise hacer en pocas horas lo que no había hecho en varias, y llegué a los siguientes puntos fundamentales:
El clásico de toda ciudad de Europa occidental, la Catedral:

Rara, ¿no? Es que su función original fue ser un mausoleo para el Emperador Romano, Diocleciano. La vida da algunos giros irónicos, y el ex emperador ahora tiene que compartir su monumento con restos y reliquias de cristianos que él mismo persiguió…
Lo más llamativo de esta catedral (que por dentro tiene una forma hexagonal, casi sin lugar para los fieles) es, como se ve en la foto, su campanario.
Más bien, las vistas panorámicas que se tienen desde el campanario:

El amigo Diocleciano también se encargó de construir un par de edificaciones más, que son probablemente las que hoy en día le dan a Split su título de Patrimonio de la Humanidad.
El Palacio de Diocleciano (siempre tan autorreferenciales estos emperadores, ¿no?) lo pensó como un lugar de retiro y de descanso. Claramente hoy en día se le sigue haciendo honor a esa función:

Pero no dejarse engañar. Lo importante es lo de adentro, como siempre. Abajo del punto que hoy en día es el más turístico de la ciudad, el emperador tenía sus bóvedas. Llenas de artículos militares, una salida secreta al mar a usar en caso de emergencia y, obviamente, vinos y conservas.
Más recientemente, y como el 80% de los lugares turísticos en Croacia, estos pasajes subterráneos se usaron para rodar escenas de Game of Thrones.

Hay otra parte de las bóvedas que está en uso. Es una especie de market subterráneo, oscuro y lleno de tienditas de souvenirs. Curioso.
Y con esto, me calmo con la clase de historia; solo me falta mencionar el Templo de Júpiter. Levantado por… claro, Diocle, para venerar al máximo Dios romano de la época y que está resguardado por esfinges originales traidas de Egipto:

Ah, sí, y está al lado de la catedral, claro. Una linda e irónica mezcla.
Pero no solo de lugares históricos y cafés vive el hombre. Es fácil imaginarse que la gastronomía típica de Croacia tiene que ver con los kilómetros de costa con los que cuenta (km de costa que ¿ganó? en la Guerra de los Balcanes, pero en ese choclo no me voy a meter, todavía)
Así que no me quedó otra que probar unos frutos de mar en uno de los restaurantes preferidos de los locales: FIFE. Recuerdo que estaba muy rico y que, seguramente, tenía mucha hambre, porque no llegué o ni me planteé sacarle una foto al plato.
Mi tercer día en Croacia me pidió a gritos cambiar cemento por verde. No escatimé en este punto y tomé una excursión a, nada más y nada menos, que el Parque Nacional Plitvice:

Es el más importante del país y bien ganado tiene su título gracias a sus cascadas, lagos y lagunas pero sobretodo, al color del agua. Por momentos turquesa, por momentos esmeralda y para nada bien representada en estas humildes fotos.

El parque es, efectivamente, hermoso. Pero tengo que admitir que tomar una excursión, y desde Split, no es la mejor opción. Para mí era la única posible, así que no lo lamento. Pero si se tiene la posibilidad de ir desde otra ciudad, Zadar, por ejemplo, y hacerlo por libre me imagino que la experiencia se disfruta mejor. Yo tuve 3 hs de viaje y un recorrido predeterminado, para mi gusto, bastante acotado.
Igualmente vi los lugares fundamentales, saqué las fotos pertinentes ¡y hasta me hice amichis! Así que me doy por hecha.

Cuando llegué de nuevo a Split descubrí una característica reveladora sobre mi gusto en viajes y que me acompañó de acá en adelante: Amo las ciudades viejas de noche.
Las calles se limpian de turistas (o de la mayoría de ellos) los monumentos se iluminan y si, con un poco de suerte, hay luna llena, una puede presenciar espectáculos como éste: la catedral de Split a las 23.03 pm.

Ese fue el comienzo de esa noche, en la que decidí aventurarme a un «pub crawl» (tour de bares) con los compañeros que había logrado cosechar hasta el momento: 3 chicas de Londres, 1 australiana y un chico de San Francisco.
Lo importante de esta noche es que aprendí 2 cosas: Croacia es simplemente el lugar donde todos los europeos de entre 20 y 30 años quieren estar en Junio, Julio y Agosto. Un poco por las playas con agua cristalina y otro mucho por las fiestas, clubes y los DJs que se presentan en la época en la zona.
Y la segunda: no son los chinos, son los australianos los que van a conquistar el mundo. Lo que quiero decir es que es me impresionó la cantidad de gente de esta nacionalidad que me encontré viajando durante este tiempo. Aparentemente, en Australia, una vez que terminaste la secundaria o tu carrera universitaria, según prefieras, tomarte un año para hacer un eurotrip es algo así como obligatorio.
Pero lo fundamental de toda esta noche es que adquirí una habilidad indiscutible y de la que me siento muy orgullosa: salir a bailar en inglés. La combinación de música muy alta, un grupo de anglosajones nativos, y algunas cervezas en mi organismo no parecen el escenario ideal de supervivencia para una hispana. Pero así y todo, con todas estas vicisitudes en mi contra, logré disfrutar la noche, conocer gente, bailar y vivir para contarlo.
Me acuerdo específicamente un episodio muy divertido en el que un inglés se emocionó cuando le dije que era Argentina y con la boca abierta por la sorpresa, me mostró su fondo de pantalla del celular: Leo Messi. Si no recuerdo mal, hasta me preguntó si lo conocía personalmente, como si mi país fuera un pueblo chico y no el 8vo más grande del mundo y con 47 millones de habitantes…
Pasé mi último medio día en Split autoguiándome por la ciudad, volviendo a mis puntos favoritos, almorzando un humilde sándwich en la costanera y si, lo confieso, comprando algunos souvenires. Supongo que este habrá sido el puntapié inicial para desarrollar mi perfil de compradora compulsiva de regalos/recuerditos de viajes.
También hice a tiempo a pasar por una «pekara«. Esta es tal vez la palabra que más me que quedó del idioma croata. Es que me divierte que con lo fanática que soy de los panificados, pero a la vez con la culpa que en general me provoca consumirlos; «pekara» sea panadería. En fin, fui muy feliz de pekar.
Hvar
Mi próxima parada fue Hvar, una de las islas más populares de Croacia. Para llegar ahí, hay que tomar un ferry. Tal vez sea por lo difícil de encontrar la zona de embarque de Split, por el hecho de que el barco estaba lleno de grupos de amigos muy enfiestados o porque lo confuso y mal señalizado del recorrido del ferry casi hace que me baje en otra isla…pero la cuestión es que este trayecto me resultó un poco bajonero. Después de todo, era mi 4to día viajando sola y aunque interactué con mucha gente y tuve conversaciones y momentos divertidos e interesantes, es difícil adaptarse a la sensación de soledad.
Tenía la esperanza de que llegando a Hvar esa sensación se alivianara, pero lejos de eso, la isla me la puso un poco complicada. Mi hostel quedaba bastante adentrado en las «colinas» del pueblo, donde la numeración y los nombres de las calles no son un fuerte. Sin tener todavía datos en el celular, a la antigua, con mapa de papel en mano, me tomó mucho tiempo llegar a destino.
Y cuando llegué a destino, es decir, al hostel, la sensación rara se extremó.
Descubrí que con los hostels me pasa esto: ni bien llego, hay un 90% de probabilidades de que la primera impresión que me dan, sea la que me acompañe el resto de mi estadía. Con pisar la recepción y hablar con la primera persona, ya puedo estar casi segura de si ese lugar va a funcionar para mí o no.
Y este hostel, claramente NO iba a funcionar. Tensión en el ambiente, poca gente, discusiones dueña-voluntarios… Obviamente esa no es la mejor perspectiva.
Después de hacerme a la idea de que los siguientes días iban a ser, indefectiblemente, un poco duros, vi una luz en el camino. O, mejor dicho, escuché una voz en la oscuridad. Nunca me había sentido tan nacionalista en mi vida como cuando percibí a unos metros de distancia ese acento porteño tan marcado y me desperté de mi letargo depresivo para ir en su búsqueda.
Tuve la suerte de encontrarme con 2 hermanos de San Isidro y otro viajero independiente que estaban desde hace unos días en el hostel. Les compartí mi decepción por la calidad del lugar y ellos, me compartieron mate.
Del mate a la cerveza hay pocos pasos y de la colina del hostel al centro de la isla, donde están los bares, tampoco hay mucho trayecto. Así que habiendo intercambiado un poco de historias y contextos (en este aspecto siempre gano, es difícil competir con el «Trabajo en Austria. Tengo 15 días de trabajo y 15 de vacaciones por mes») rumbeamos a la «zona fiestera».
Un par de tragos y algunas charlas con hermanos latinoamericanos que me encontré dando vueltas por ahí (sí, hasta en Croacia se encuentran fácilmente panas venezolanos) me bastaron para subir el ánimo y mis expectativas sobre Hvar.
Al día siguiente me levanté temprano para disfrutar mi primer día completo en Hvar.

Y siendo ya mi 5to día en Croacia, era momento de dejarme llevar un poco por la corriente e ir a la playa.
Elegí una de las más «ocultas» pero que igualmente estaba llena de gente.
¿Sobre el lugar? Es precioso.

Agua cristalina, combinado con un paisaje rocoso y con un poco de vegetación, más vale árida.
Lo raro fue adaptarme a este concepto de playa que me es tan ajeno. Solo un par de metros de espacio para la gente, en los que la arena escasea y las “piedritas” abundan. Nada de mate, todo de alcohol. Nada de carpas o balnearios de MDQ, solo algunas sombrillas y reposeras de alquiler.
Después de varios minutos logré asentarme. Y entendí que tenía que hacer lo mismo que el resto: Meterme al agua (calor y nobleza obligaban) y dejar atrás, en la orilla, muy confiadamente, todas mis pertenencias personales. Pensé en decirle a alguien…a alguna de las personas o grupos que están cerca mío, si me podrían mirar la mochila mientras yo nado. Pero literalmente, sería la única en hacer este tipo de pedido. Todo el mundo se levanta, en patota, y se mete al mar sin ninguna preocupación. ¿Tenía que ser yo la excepción simplemente por la desconfianza con la que se vive en mi país? Consideré que no. Así que me lancé. Me levanté y como quien no quiere la cosa, entré al mar.
Al principio me costó, claro. No me alejé mucho de la orilla y miré más mi bolso que el mar hermoso en el horizonte. Pero en mi 4ta zambullida del día, ya lo tenía resuelto.
Pude hacer la plancha durante varios minutos seguidos sin mirar atrás. En un momento miré el reloj. Marcaba las 15 pm de un lunes de Junio y ahí estaba yo, semi sumergida en el Mar Adriático.
Me autofestejé con un Mojito Virgen mientras me secaba en unas rocas. Me faltaban algunos viajes todavía para desarrollar la habilidad de tomar alcohol desde antes de que caiga el sol; algo que los europeos tienen fuertemente incorporado.

Post playa, me dediqué a recorrer prácticamente toda la costa. La idea era llegar “al centro urbano” sin perder de vista el mar. No sé cuánto caminé, pero seguro que fue mucho. Así que como recompensa me regalé el smoothie de yogurt griego más rico y más caro de mi vida.

La tarde ya estaba cayendo y la gente se empezó a acumular en los puntos preferidos para el atardecer y el «After Beach»
Hay un parador que aparentemente es el más cool de la zona. Pasé por delante y de verdad me sentí tentada. Tomar un trago, a esa hora, con esa vista… Pero rodeada de amigos. Esa es la forma de disfrutar ese lugar. Es así como están todos.
Como ese no era mi caso en ese momento, sin afligirme, seguí mi camino. Pensé y todavía lo creo: algún día voy a volver, acompañada, y voy a disfrutar «ULA ULA Beach» como se debe.
Esta vez, en cambio, elegí un spot bien alejado. Una zona rocosa y bastante deshabitada, donde vi el sol ponerse de forma espectacular. Éramos él, el mar y mi libro y yo. Claramente este pasó a ser uno de mis lugares y de mis momentos favoritos en todo mi viaje a Croacia.

La noche la cerré en el Carpe Diem Bar, uno de los elegantes de la zona. Brindé por mí y por todos mis amigos, a tantos km de distancia.
Mi sexto día en Hvar lo dediqué a la excursión más famosa, cara y popular de la isla: la Blue Cave. No escatimé en gastos en esto. Mi lancha era de las más modernas y rápidas y tenía todo lo necesario: una heladera con bebidas gratis e ilimitadas y un buen equipo de música.
Salimos a las 10 am, yo, y otras 10 personas, mayormente, australianos (ya advertí que estaban en todo el país)
La primera parada fue la Green Cave, naturalmente, una cueva verde. Aparentemente la modalidad en este tipo de excursión es la siguiente: Te sacás la ropa, te quedás en malla, te dan un snorkel, y desde la popa de la lancha, sin pensarlo mucho, saltás al agua. De ahí hay que nadar a la cueva, unos pocos metros.
No es que tuviera mucha opción, así que eso fue exactamente lo que hice. Cuando entré (o mejor dicho, nadé) a la cueva, entendí el nombre: en el “techo” rocoso de la cueva, en el centro, hay un hoyo. La rayos del sol se filtran por el hoyo y caen como haces de luz perpendicular sobre el agua de la cueva, generando un efecto visual muy bello y que efectivamente, da la sensación de que el agua y las “paredes” se tiñeran de verde.
Después de andar un poco más en la lancha, llegamos a nuestra segunda parada/cueva del Adriático: la Blue Cave.
Esta experiencia es bastante diferente. A la cueva se entra por medio de un bote. Es así: te sentás en el bote y en un momento, cuando el “gondolieri” lo indica, tenés que bajar tu cabeza y torso lo máximo que puedas. Es para poder entrar en el chiquitisimo orificio que viene a ser la entrada a la cueva. Fue hermoso pasar por ese momento tan particular, agachada en la oscuridad y entre extraños, para después poder ver esa luz espléndida.
Eso es la cueva. Un show de luz azul fosforescente, que nos regalan los rayos de sol que se filtran por unos minúsculos agujeros de las paredes rocosas de la cueva.
Toda esa explicación compleja se resume en esto:

Estoy convencida de que se trata de una entrada no descubierta a Narnia. Lo más difícil fue contener el impulso de saltar al agua, claro. Aparentemente tengo bastante autocontrol, porque lo logré. Me mantuve atónita en mi pedacito de bote y salí finalmente lista para seguir con el resto de la excursión.
Por las siguientes 2 ó 3 hs nos dedicamos a seguir navegando en la lancha, disfrutando de la heladerita libre y parando en diferentes «playas». ¿Qué es una playa para un croata? Esto:

Sí, es particular. El agua es increíble, un poco fría y muy muy limpia. ¿Pero la arena? No existe.
En la mayoría de los casos de hecho el «bajar a la playa» consistía en saltar desde la lancha. Y quedar ahí, flotando y nadando por un rato en el medio del mar. Como en este bello lugar:

Mojada pero feliz, volví a Hvar. Ya mencioné la belleza de la isla al atardecer / anochecer. Pero la verdad es que no me canso de repetirlo. Como no me cansé de repetir este tipo de paseo durante prácticamente todo el tiempo que estuve en la isla.
No termino de decidir cuál de estas perspectivas me gusta más.
- El cielo sobre la calle peatonal y el campanario de la iglesia,
- La vista panorámica desde el fuerte de la antigua ciudadela,
- O el paseo marítimo cuando empieza a caer la noche.

Siendo 26 de Junio, Croacia tenía un partido muy importante que jugar; igual que Argentina, y a la misma hora. La cuestión era conseguir un lugar en los Octavos de Final del Mundial. Como era de esperarse, la gente estaba muy emocionada con esto del partido (por primera vez les estaba yendo tan bien en fútbol) y se acumuló en los bares y restaurantes. Me colé en uno, un poco para ver el partido de Croacia haciéndome la local, y otro poco para usar Wifi e intentar al menos, ir viendo los resultados de Argentina minuto a minuto. Sufrí sola en mi mesita, bastante más de lo que sufrieron ellos.
Pero la jornada fue satisfactoria para ambos países. Así que esta vez no me perturbó verlos festejar:

Mi festejo personal volvió a ser tomar un helado de chocolate. Sí. Cené helado otra vez. ¿Y qué? Viajar sola tiene sus ventajas.
El siguiente fue mi último día completo en Hvar, y siguiendo las recomendaciones de Tin, el argentino-croata dueño del jazz bar en Split, fui a Stari Grad.
Tan simple como su traducción lo indica (ciudad vieja) Stari Grad es uno de los asentamientos humanos más antiguos de Europa. Primero griegos y después venecianos se ocuparon de aprovechar sus condiciones de agricultura y, principalmente, vitivinícolas.
La pesca, claro, también fue y sigue siendo fundamental en la zona.

Me gustó que lejos del afán de verse «trendy » o «fancy» como el centro de Hvar, noté una esencia mucho más auténtica de la isla. Un lugar menos maquillado, digamos.Por un rato caminé sin un rumbo específico, se trataba de disfrutar lo simple del lugar. Y así llegué a varios rinconcitos interesantes. Como casi siempre, los mejores paseos son los más improvisados.
Aunque mi punto favorito de Stari Grad seguramente fue Antika, esa trattoria bien chica y familiar que Tin me había recomendado.
Me senté con mi pareja (un libro, claro, y de Jane Austen para ser más precisos) y disfruté de 2 especialidades de la comida dalmática: pasta (no olvidar la cercanía que Croacia tiene con Italia) y mariscos (sigo estando en una isla). Todo se resumió en unos exquisitos spaghetti con camarones. Momento placentero si los hubo:

La panza me quedó más que llena y el corazón, acompañó. Di un par de vueltas más por Stari Grad antes de volver, en colectivo, al centro de Hvar.

De vuelta en el centro intenté cumplir con el recorrido histórico autoguiado que propone la oficina de turismo. Pero me costó ubicarme y el free style siempre tira… Así que me perdí para encontrar el mejor café de Croacia. Bueno, al menos el mejor que yo tomé.
Está un poco alejado del bullicio de los turistas, en una calle paralela. Por calle paralela me refiero a paralela a las principales, paralela a las tourist traps y negocios de venta de souvenirs. En general siento que caminando por las calles alternativas es donde uno encuentra las cosas interesantes de una ciudad. Y a la gente de esa ciudad…
Así fue que llegué a Kava37. Se notaba que tenía pocos días o meses de funcionamiento, sobretodo en la amabilidad y cortesía de quien me atendió, su dueño. Mientras me preparaba mi delicioso latte, me contó que mucha gente en Croacia le tiene afecto a la Argentina. Aparentemente albergamos una de las comunidades más grandes de croatas que viven fuera de su país.
Me fui contenta, tomando mi café de especialidad y pensando en lo abiertos que siempre fuimos y somos a recibir extranjeros provenientes de todos los puntos cardinales.
Encontré un par de rincones más en Hvar:
Y cuando la tarde se convirtió en noche, volví al hostel pensando en tomarme una cerveza tranquila. Mi plan se vio frustrado cuando Biruna, la voluntaria, me interrumpió con unas ganas galopantes de hablar. Yo hubiera preferido mi momento de tranquilidad y tal vez hacer alguna videollamada con amigos. Pero esta croata emancipada de 19 años tenía necesidad de hablar y de ser escuchada por alguien. Y bueno, la caridad hay que practicarla en cualquier parte del mundo…
Al día siguiente me tocó despedirme de Hvar y tomar un ferry a mi último destino de Croacia y creo, el más esperado: Dubrovnik.
Dubrovnik
De entrada hubo algo en esta ciudad que me cautivó. Serán las murallas, será lo vivo del ambiente, será lo prolijo y cinematográfico que se ve todo… No lo sé. Pero la verdad es que fue uno de los pocos lugares en los que me sentí completamente cómoda desde el principio.
Bueno, completamente cómoda una vez que pude encontrar mi hostel: una suerte de casa antigua bellísima, muy bien cuidada y refaccionada. El único problema que tiene es que queda en una calle escondida en el centro de la Old Town y siguiendo mi estilo de no mapa digital, me costó bastante encontrarlo. Además, no tiene ningún cartel que indique que es un hostel.
Más allá de todo esto, mi primera impresión no falló, este fue uno de mis hostels favoritos ever.
Dato gracioso. Después de instalarme, me encontré con una cara conocida: el chico que viajó al lado mío en el ferry Hvar-Dubrovnik hace una hora, ahora estaba también al lado mío, haciendo el check in en el mismo hostel.
No habíamos cruzado palabra hasta entonces pero lo arreglamos rápidamente. Habiendo encontrado este compatriota (sí, en esta ciudad parezco tener un imán de argentinos y eso me agrada) nos decidimos a ir a recorrer las murallas de la ciudad. Esto es, subir y caminar por arriba de las mismas, para tener una visión única de los techos rojos de la ciudad, la fortaleza y el mar. Acá va:

El paseo es bastante largo, y el sol abrasador, así que fue justo y necesario hacer una parada técnica. Una parada técnica de las que a mí me gustan.
Una Karlovacko (la más popular de Croacia) con esta vista:
Encima, estando bien acompañada, pude pedir que me saquen fotos en vez de tener que recurrir a selfies y temporizadores con los que no me llevo muy bien… ¿Qué más se puede pedir?

El día se cerró de la siguiente manera. Una salida grupal liderada por los argentinos del hostel, que esta vez, éramos mayoría. Fuimos a Revelin, uno de los boliches más famosos de Croacia, aparentemente. Todo muy europeo, mucha música, muchas luces, mucho DJ y nada de Reggaeton.
Aunque la noche estaba divertida, me retiré temprano. Resulta que un par de horas antes había tomado una decisión importante: el día siguiente sería de excursión ¿A dónde? A Montenegro. Puede que el tren de visitar países balcanes como este pase una sóla vez en la vida, pensé, así que mejor subirse mientras sea posible.
La cosa es que me fui del boliche temprano y sola, porque quería descansar un poco antes de madrugar. El problema fue que desde mi llegada a Dubrovnik esa tarde, estuve casi siempre acompañada. Y eso hizo que no estuviera prestando mucha atención a la ubicación, ni a las calles ni a nada de eso. Encontrar el hostel en este contexto me representó una odisea. Tenía una idea vaga de dónde estaba, pero cuando “llegué” y probé la llave, no se abrió ninguna puerta. Pensando que simplemente me había equivocado de puerta, probé con la de al lado. El tema con esta ciudad es que las casas y las entradas son todas blancas y similares por lo que es fácil confundirse. Lamentablemente, en mi segundo intento, también fallé. Probé una tercera opción, que no fue la vencida. De verdad que en este punto no tenía ni idea de dónde más buscar mi hostel.
Barajé la posibilidad de haberme confundido directamente de calle, así que me metí por una cortada y llegué a otra ulica (calle) muy parecida a la que estaba antes. Esta vez sí era mi calle. Y una de esas puertas blancas era efectivamente la entrada a mi hostel.
Nunca estuve tan feliz de entrar a un hostel, sabiendo que ya no corría riesgo de dormir en la calle. En realidad la escena me pareció tan graciosa que durante este tiempo no sabía si tenía más ganas de llorar o de reirme descostilladamente.
Ojalá alguien haya visto toda esta secuencia desde afuera, desde algún lugar y se haya divertido.
La mayor parte de día siguiente lo pasé en Montenegro.
Bueno, tal vez varias horas en Montenegro y bastantes otras arriba de un micro. Pero esa es otra historia aparte, sobre la que voy a explayarme más tarde.
Lo que quiero destacar es que el broche de oro para este día fue una juntada argentina en un Irish pub y, mucho más sublime aún, un paseo nocturno por Dubrovnik.
Si mi memoria no me traiciona, terminamos cantando «Tratame Suavemente» a las 2 am sobre «las escaleras de Game of Thrones». No habiendo visto la serie la verdad es que este detalle no me cambió mucho, pero puedo decir que el lugar es bastante épico y ese momento lo fue también.

Mi tercer día en Dubrovnik fue igual de especial o tal vez aún más.
Lo empecé yendo a la playa, caminando lo que fuera necesario (unos 2,5km seguro) para llegar a la que me habían recomendado como la mejor de la zona. Bajo un sol abrasador llegué a Sveti Jakob. Todo el rally valió bien la pena. Es la playa que mejores vistas de la muralla tiene:

En materia de playas, a esta altura ya me sentía una europea más. Tranquila, dejé mis cosas en una lona mientras me daba chapuzones y hasta me animé a nadar un poco hacia adentro.
Mi visita a la playa no fue muy extensa. Es que este día también tenía una cita importante con mi país. Argentina se enfrentaba a Francia para intentar arañar un paso más en el Mundial.
El resultado es de público conocimiento. Lo importante es que no vi el partido sola, más bien rodeada por un grupo interesante y entre ellas, 2 argentinas que se me hicieron fundamentales: Mechi y su amiga, Flor.
De toda la situación Fútbol-Mundial destaco lo que nos pasó ni bien terminó el partido. Viendo nuestras caras de amargura y nuestro cotillón albiceleste, se nos acercó un hombre, seguramente inglés, solo para decirnos: «Don´t worry Argentina, you are still the most colorful and beautiful people in the world» Tal vez, después de todo, no es tan cierta esa creencia de que «todo el mundo nos odia»
Con Mechi y Flor planeamos ir a la playa, ya que todavía quedaban un par de horas de “sol” por delante. Y digo de “sol” porque ni bien emprendimos el camino, una lluvia torrencial nos sorprendió y frustró nuestros planes.
Y a partir de este momento, mi día tomó un giro drástico.
Me gusta pensar que las cosas que me pasaron a partir de este momento fueron «regalitos divinos» para compensar el bajón de haber quedado eliminados del mundial. Porque sí, no es que el fútbol me saque el aire, pero me gusta, y como a un buen porcentaje de la población argentina, la derrota en la Copa del Mundo, me pesa.
Retomando, mi primer golpe de suerte fue poder ver este tremendo arcoiris post tormenta.
Mi cara: un poco de sorpresa, un poco de tristeza, un poco de emoción…Y entonces decidí emprender camino al punto panorámico más importante de Dubrovnik, eso sí, sin perder de vista el arcoiris, obvio.
Para llegar a este mirador extraterrestre hay que tomarse un teleférico. En la cola 2 americanos simpáticos me empezaron a hablar, eran Padre e Hija, de California y lo primero que hiceron fue interesarse por cómo fue el partido de Argentina y darme su pésame. Lindos.
La cuestión es que llegué a este lugar. Y devuelta, estaba tan asombrada con lo que veía que no pude esforzarme para salir bien en las fotos que, muy amablemente, algunos extraños se ofrecieron a sacarme.

La «Old Town», sus fuertes y murallas, estaban a punto, bañadas de ese color dorado que solo los últimos rayos de sol del día pueden dar.

Y una vez que este espectáculo terminó, empezó el verdadero: la obra maestra de la puesta del sol, que yo reconocí como mi segundo regalo divino este día.

Que yo soy un poco fanática de este fenómeno de la naturaleza es verdad. Pero tengo mis buenos argumentos. Y este día en particular, el atardecer fue perfecto.
El monte en donde está este mirador (Mount Srđ) es más bien una cadena montañosa y entonces cada quien busca su lugar para poder disfrutar de la magia tranquilo. Hay parejas, hay grupos de amigos, hay familias, hay fotógrafos profesionales (muchos por cierto) y hay gente como yo, los lonely travellers.
No me cansé de caminar por ese terreno pedregoso, porque quería encontrar el mejor lugar posible para mí. Uno tranquilo, sin gente alrededor y donde ver perfectamente los 3 frentes fundamentales:
- el sol poniéndose en la montaña
- el mar
- la ciudad y las murallas recibiendo la noche
¿Y esas nubes rosas? ¡No sabía que venían incluídas en el combo! Gracias.

¿Estoy poniendo demasiadas fotos? Puede ser. Es que no va a haber forma de poder transmitir por acá todo lo que ví. Eso es seguro.
Los pocos restos de luz solar que quedaban se fueron apagando para dar lugar a la luz artificial, que empezó a hacerse presente allá abajo, en ese lugar que ahora me parecía tan ajeno y lejano, la Old Town.
La noche también tiene su encanto. Por eso pienso que no debería ser juzgada si digo que realmente me costó mucho sacar la vista de ahí. Pienso que estuve como en un transe. No estoy segura de por cuántas horas ni siquiera. Lo único que me importaba era lo que estaba mirando. Por mucho tiempo no pensé en comida (cosa bien difícil para mí) ni en ir al baño, ni siquiera en el viento fresco que allá arriba se estaba levantando. Sólo en esto.

Caí a la realidad cuando recordé que el teleférico tiene un horario de funcionamiento. Y que mis 2 opciones eran: morir de hipotermia durante la noche en la montaña (romántico, pero trágico) o volver caminando…con frío y en la oscuridad del monte, sonaba a mala idea.
El camino desde la base del teleférico hasta la Old Town es igual bastante largo, y justo cuando estaba llegando a la altura de las murallas, el regalo divino número 3 vino a sorprenderme.
Primero escuché una explosión, un ruido que me asustó. Pero cuando entendí de dónde venía, todo encajó.
Allá adelante, sobre el mar, había un show de fuegos artificiales. Seguramente los lanzaron desde un barco o bote, para alguna fiesta privada. Pero en este momento yo estaba justo llegando a las murallas, en una calle desierta y oscura, con la mejor vista posible. No sé para quién eran los fuegos. Pero yo sentí que eran para mí.

Por si mi jornada necesitaba algo más, cuando llegué al hostel me reencontré con Mechi y Flor y decidimos ir a tomar un helado juntas (Esto de un helado por cada partido del mundial se me volvió una tradición, lo sé)
Elegí uno de Nutella, que con el paseo nocturno por Dubrovnik (que dicho sea de paso, yo creo que es su mejor versión) combinó a la perfección.
Un nuevo día en Dubrovnik, nuevos lugares por visitar y una nueva excursión por realizar.
Empecé haciendo un free walking tour por la Old Town.

La verdad, es que los he visto mejores (tours a pie, me refiero) Lo que me resultó más interesante es conocer un poco de la visión que los croatas tienen sobre la Guerra de los Balcanes. Uno diría que ellos fueron los grandes ganadores del conflicto, pero también es importante escucharlos haciendo su descarga de las bajas que sufrieron y de la destrucción que azotó específicamente a Dubrovnik.
Otra cosa que valió la pena fue la recomendación del guía de ir a la Apotheke del monasterio franciscano.
En un principio, este título me llamó muchísimo la atención, aunque con el paso de los meses y visitas a ciudades históricas me di cuenta de que prácticamente cada ciudad reclama tener la farmacia más antigua del continente…
En fin, la Iglesia y Monasterio de los Franciscanos es uno de los mayores puntos de referencia de la ciudad, así que la visita valió la pena igual.
Después de tanta calle y sitio histórico, tuve que regalarme un poco de playa. Y, devuelta, no escatimé en caminata ni en tiempo para ir a la mejor. Es decir, fui de vuelta a St Jakob.
No fueron más que un par de chapuzones, porque en realidad tenía 2 actividades muy importantes pendientes para esa tarde.
Primero, subir al fuerte de la ciudad. Queda sobre las murallas, por así decir, con una vista privilegiada tanto al mar como a la ciudad.
Nada más alejado de la realidad, porque no soy una actriz de Hollywood y porque este mar es el Adriático; pero estar ahí, mirando al horizonte entre esos cañones me hizo sentir Keira Knightley en Piratas del Caribe.
Y ahora, la frutilla del postre.
Mi gran excursión del día consistió en buscar una perspectiva diferente de estas murallas que tanto me gustan. El plan fue hacer un recorrido en kayak, rodear la ciudadela, llegar a una cueva en la que descansar un poco los brazos y después volver al punto de inicio, al atardecer, justo para ver el sol poniéndose atrás de las murallas.
Todo eso saliendo de acá:

Maravilloso, ¿no?
Mucho más que eso. Tanto, que no quise gastar ni un segundo de mi tiempo en hacer movidas extrañas con el celular para poder sacar fotos. Bueno, tal vez porque también me daba un poco de miedo que se me cayera el celular al fondo del océano, ya que tengo un talento especial para esas cosas… La cuestión es que decidí que todo quedara grabado en mi memoria y en mi retina.
Mi compañera de kayak fue Mechi y tengo que decir que fue un placer remar con ella a mar abierto. Fue genial tener al lado, o bueno, adelante, a una compatriota para hacer frente a la risa burlona de los instructores de la excursión cuando les contamos que éramos argentinas (sí, me sigo refiriendo a las repercusiones de la World Cup)
Es que los croatas son bastante extraños. No es que sean antipáticos, pero en general profesan un aire de superioridad que es un poco difícil de tragar.
En fin, nada que opacara lo increíble de la experiencia. Y como es de imaginar, mi parte favorita fue el final. Llegar devuelta a ver las murallas con esa luz tan especial del atardecer como NO se aprecia para nada en esta foto:

Para complementar toda esta mística, los instructores regalaron a cada persona del grupo 1 botella de vino, para brindar por la hazaña realizada. Después de todo, remar durante 1 hora y media en pleno mar conlleva un esfuerzo físico importante.
Brindamos, porque lo merecíamos, y no conformes con eso, subimos a un bar de playa. Uno que estaba bien escondido y que tenía más pinta de local que ningún otro.
Era así efectivamente, porque nos rodeamos de croatas para poder ver (sentadas precariamente en el piso) el partido por un lugar en la Semifinal entre Croacia y Dinamarca.
Verlos sufrir durante los penales, fue un espectáculo más que tengo que admitir que disfruté bastante. Ellos ganaron y festejaron, mientras nosotras los mirábamos y comíamos pizza. Puedo decir que todas las partes quedaron satisfechas.
Finalmente llega mi último día completo en Dubrovnik. Y decidí alejarme un poco de los lugares clásicos que estuve viendo durante días, para irme a la isla de Lokrum: una reserva natural y botánica que originalmente fue habitada (y cosechada) por monjes benedictinos.
Pasa que a lo largo de la historia hubo tantos personajes icónicos que la pisaron, que yo no quise ser menos. Entre ellos, Sissi emperatriz, Napoleón y más recientemente, los actores de Game of Thrones, obvio.
A mi entender, el mayor atractivo de la isla es que estando a solo 30 minutos de Dubrovnik, una puede encontrar lugares hermosos e inhóspitos, lo que es bastante difícil para este país en esta época.
Así que ni bien llegué (viaje en lancha de por medio) me puse a recorrer los senderos solitarios y bastante mal señalizados de la isla.

Yo lo que quería encontrar era un punto privilegiado para tirarme al mar. Cosa bastante compleja, porque Lokrum no se caracteriza por sus playas… Más bien tiene «bajadas» rocosas al mar. En donde la gente, literalmente, desciende por una suerte de escalera armada sobre las rocas y se sumerge. Una escalera al mar, digamos. Se ve como algo así:

Me costó un poco porque estando en medio del mar, el movimiento y el oleaje es intenso… Es decir, bajar esa escalera y no estamparse contra una piedra en el intento puede no ser tan fácil. Pero finalmente lo logré y valió mucho la pena.
A un lado, el horizonte marino más claro que nunca. Y al otro, bien lejos hacia la derecha, la vista de Dubrovnik y sus murallas.

Seguí mi camino y fui parando en las principales atracciones de Lokrum.
- El «Mar Muerto», una filtración del mar que pasa por entremedio de un acantilado de rocas a la isla formando una especie de playa de agua hiper salada.
- Y el antiguo monasterio de los benedictinos. Acá es donde en teoría se filmaron varias escenas de la famosa serie que vengo nombrando reiteradamente y es por eso que tienen una réplica del «Trono» de los «Juegos» que los productores le regalaron a la isla, acompañada por una exposición que me pareció más bien una publicidad que otra cosa. De todas formas, no pude resistirme y tuve que sacarme la típica foto turista.
Mucho más interesante que la exposición me pareció el edificio de los monjes en sí. O lo que queda de él, claro, ya que los benedictinos fueron expulsados de la isla por motivos comerciales hace más de 500 años.
Se dice por ahí que les desagradó tanto la expulsión que lanzaron una maldición hacia cualquier propietario que fuera a adquirir Lokrum desde ahí en adelante. Incomprobable, claro. Tanto como la leyenda que dice que volviendo de una cruzada, el mismísimo Ricardo Corazón de León naufragó y fue acogido por los monjes…

Lo que sí pude comprobar, es que se la isla se toma muy en serio su título de reserva natural y aunque no me encontré ni curas, ni cruzados ni dragones merodeando por ahí, sí me crucé con bastante de estos:

Para el final del recorrido me dejé una joyita. Una antigua fortaleza desde la que, según cuentan, Napoleón algún día observó y controló gran parte de la costa que hoy llamamos croata.
Que Napoleón no era ningún gil es muy bien sabido. Cuando llegué al lugar en sí y me subí al punto más alto de observación, lo pude comprobar.

Estar ahí arriba, con la vista amplia y disponible sobre los 4 puntos cardinales es alucinante. Y uno puede llegar a tener la sensación de que es dueño del mundo. Ahora entiendo un poco más a Napoleón.
Volví a Dubrovnik para cumplir con mis planes vespertinos: dar una última vuelta por las calles a esa hora especial, las 20 hs, intentar ver el atardecer desde la playa y, finalmente, ir al teatro.
Creo que me pasó después con varias ciudades, pero el flechazo en este sentido que tuve con Dubrovnik fue muy especial. Hablo del flechazo de las 20 hs, o de las 20.25 pm para ser exactos, o de la hora que sea en la que el sol ya se está escondiendo, el cielo todavía está bastante claro pero a la vez, las primeras luces de los locales, bares y restaurantes empiezan a prenderse.
No sé, yo noto que algo muy especial pasa a esa hora del día. Y por eso me encanta salir a caminar justamente en ese momento. Hasta me da la sensación de que la gente está de mejor humor, más animada, más viva.
También siento que es el momento donde más se ven artistas callejeros, y en esta ocasión hasta pude escuchar un coro practicando. No estoy muy segura desde dónde venía el sonido, pero sé que los escuché cantar Hallelujah. Sí, la canción esa de Shrek que a todos nos encanta. (Esto me volvió a pasar, en Islandia. Escuché un coro practicando esta misma canción. Qué tendrán los coros europeos con este tema, ¿no?)
La cuestión es que rodié la bahía y parte del puerto, para poder llegar a un lugar especial en la playa.
Quería despedirme de Dubrovnik tranquila, sentada en unas rocas, y a mi manera. Obviamente encontrar un lugar solitario en medio de esta ciudad no es fácil, así que apelé a mis destrezas físicas para poder llegar a unas piedras más vale apartadas, rogando que no se tratara de la propiedad privada de algún hotel, club de playa o esas cosas…
Bueno, con toda la movida se me hizo tarde para el atardecer, pero igualmente me senté a disfrutar de la vista. A brindar, por todo lo que vi y viví durante estos días en este increíble país.

Es muy lindo sentarse a pensar y agradecer, pero tal vez no es muy sabio si una tiene una función de teatro a la que llegar.
El reloj me apuraba y yo casi me descompuse al darme cuenta de que la bajada (escalera) que había usado para llegar a la playa ahora estaba cerrada con una reja. Para un lado, un restaurante privado sobre la playa, para atrás, la escalera cerrada, al otro lado, más piedras y hoteles, adelante, el mar.
Claramente no tenía mucho que pensar, porque nadar no era una opción y trepar una reja, tampoco. Así que con mucha vergüenza entré al restaurante (muy lindo, por cierto) por una puertita de atrás que da a la playa. El mozo no entendía de dónde había salido y me puso un poco de cara. Y a mí la cara se me cayó un poco, pero después de haberle explicado mi situación, me abrió una puerta para poder salir por la escalera privada del restaurante.
Y entonces corrí y corrí, porque tenía que cruzar media Old Town para llegar a la Antigua Fortaleza, donde se presentaba el espectáculo. Seguramente Mechi ya me estaba esperando y el teatro, no espera.
El plan me pareció fantástico desde un principio. Ir a ver un clásico de Shakespeare, representado en inglés pero con una puesta moderna, con cuadros musicales; todo esto, en la fortaleza de la ciudad, al aire libre, entre cañones y mirando las estrellas; no puede fallar.

Y no falló. No sé si habrá sido el vino, la emoción de volver a ver una obra, o lo cómico de Sueño de una Noche de Verano llevada a una versión casi Bollywoodense, pero lo que sé es que no paré de reirme y de sonreirme durante más de 2 horas. Todo fue muy feliz.
Y entonces, llegó la mañana siguiente y con ella, mi despedida de Croacia. Por suerte, tenía un par de horas antes de ir al aeropuerto, y me decidí a aprovecharlas al máximo posible:
- Mucho callejeo
- Un desayuno al paso, sentada en unas escaleras.
Y también, comprar souvenires e intentar entrar en todos los edificios que no pude hasta ahora…
El sentir que me estoy por ir de un lugar y que todavía no llegué a ver todo lo que tenía que ver me estresa. Me desespero por querer hacer todo en nada de tiempo. Este episodio empezó acá en Dubrovnik, pero lo repetí en absolutamente cada lugar que visité. Pienso que viajando uno descubre muchos rasgos ocultos de su personalidad; que estaban ahí, latentes, y afloran. Y al menos a mí, me resultó complicado luchar contra ellos. Me acompañaron fielmente durante todos estos meses de viaje.
Uno de estos lugares fundamentales que me faltaba ver era la Iglesia de San Blas, a quien se lo reconoce como el patrono de la ciudad. Resulta que a él se le atribuye el haber salvado a Dubrovnik de un terremoto terrible en el S XV. Y entonces, a partir de ese momento se lo representa con una maqueta de la ciudad en sus manos, para hacer notar su título de guardián.
Finalmente pude aceptar que por más que lo intentara, no iba a tener suficiente de Dubrovnik, caminara a donde caminara, corriera lo que corriera. Me quedaban pocos minutos antes de ir al aeropuerto y entonces decidí relajarme y dedicar mi último tiempo a recorrer lo que pudiera, y lo que me pintara. Sin presiones ni listas de lugares a visitar.
Creo que fue una buena decisión porque es así como llegué a los rincones más auténticos de esta ciudad bestialmente turística. A esos lugares donde hay algún que otro local barriendo en la puerta y hasta colgando la ropa.

Y ahora sí, me tocó dirigirme al aeropuerto.
Y me agarró esa típica nostalgia de cada vez que me voy de un lugar. Porque me quedo con ganas de más. Porque pienso en qué voy a hacer cuando vuelva. No «si vuelvo». Es cuando vuelva.
Y la nostalgia se mezcla con nervios. Porque siempre está ese temor de no llegar bien al aeropuerto. De perder el vuelo, el pasaporte, la valija… vaya uno a saber qué.
Despegué y dejé Croacia. Aterricé en Münich. Era de noche, y todavía tenía que esperar varias horas para poder tomarme el tren a Salzburgo. Pero por suerte, tenía un muy buen plan para distraerme.
Ahí en el medio del aeropuerto de Münich, había una pantalla gigante. Entonces hice lo que todos los demás. Me compré una buena cerveza alemana en el súper (sí, hay un súper adentro del aeropuerto) y me senté a ver el partido del día: Inglaterra – Colombia.
Después de la derrota latinoamericana solo me quedaban un par de horas para poder tomar mi tren de vuelta a «casa».
Ahora las opciones son: ver la posdata sobre Montenegro. Chusmear la Versión V. Volver a Destinos. Simplemente, cerrar la página. Cualquiera sea la decisión, gracias por llegar hasta acá. ¡Adiós!

























