MONTENEGRO

Acá voy a dejar una sola versión. Una especie de apéndice o P.D.

Lamentablemente, mi excursión a Montenegro duró nada más unas 12 horas, y entre el viaje en micro y los cruces de frontera, mi estadía y recorrido por el país fue todavía mucho más corto.

El plan constaba en salir a la madrugada de Dubrovnik, visitar 2 ciudades montenegrinas; Budva y Kotor, hacer algunas paradas fotográficas y volver a Croacia a la tarde-noche.

Todo esto con una empresa asociada al hostel, que nos pasó a buscar en un micro de larga distancia. La verdad es que me sentí cual yendo de excursión con el colegio. Pero con un micro mucho más pro, claro.

Y para ser un viaje escolar, también me faltaban mis amigas. Aunque por suerte, tuve una muy buena compañera: Ro, una argentina haciendo un eurotrip que se alojaba en mi mismo hostel. Ro y yo nos sentamos juntas en el micro y al toque nos dimos cuenta de que las dos teníamos pasaporte italiano. Este dato puede parecer trivial. El tema es que al momento de cruzar la frontera Croacia – Montenegro, la guía nos pidió los pasaportes a todo el grupo (unas 25 personas, en su mayoría angloparlantes) y cuando ambas le dimos nuestro pasaporte europeo a la vez, automáticamente pasamos a ser “le ragazze italiane”

Se ilusionó muchísimo al ver que éramos “italianas”. Se ve que había estudiado o estaba estudiando el idioma y por lo que entendí, nos dijo que iba a dar todas las explicaciones en inglés para todo el grupo y después en italiano, para nosotras 2. No pudimos, o no supimos cómo decirle que en realidad éramos argentinas y que de italiano sabíamos, con suerte, unas 10 palabras. Así que la dejamos ser. Durante toda la excursión se tomó el trabajo de dar las explicaciones en los 2 idiomas. Nosotras nos limitamos a sonreírle y a decirle “Tutto è bellissimo” cada vez que nos preguntaba algo. En algún momento pensé en acercarme y decirle “la verdad”. Pero me pareció que ya era un poco tarde, y además ¡se veía tan feliz de estar practicando el italiano!
Tengo la sospecha de que sobre el final de la jornada se dio cuenta de que algo raro había con nuestra nacionalidad. En fin, nunca lo sabremos.

Retomando, lo primero que me llamó la atención de Montenegro fueron las montañas. No porque sean una cosa monumental, como las de la Patagonia, o bueno, los Alpes Suizos. Sino porque son justamente lo contrario, están ahí, al lado del camino. Es raro porque yendo por la ruta, una puede ver, de un lado, las montañas (no tan altas y con bastante vegetación) y al otro lado, el mar. Es una disposición geográfica bastante inusual, la verdad. 

Nuestra guía nos contó que, de hecho, en invierno pasa algo único: se puede esquiar y al mismo tiempo, ver el mar. Sabemos que nieve y océano no se llevan muy bien, pero al parecer en Montenegro se dan una tregua.

Encontré que Lord Byron (el poeta inglés) le dedicó un par de versos al país y a su paisaje. Me gustaron y por eso los comparto: “At the birth of our planet, the most beautiful encounter between the land and the sea must have happened at the coast of Montenegro.” / “En el nacimiento de nuestro planeta, el encuentro más hermoso entre tierra y mar debe haber pasado en la costa de Montenegro.”

La guía también nos contó algunas curiosidades sobre el país. Como muchos de sus países vecinos, Montenegro quedó bastante golpeado después de la Guerra de los Balcanes. Cuando Yugoslavia se separó, Montenegro y Serbia siguieron unificados hasta el año 2006. Yo lo recordaba muy bien gracias a un partido del mundial Alemania 2006: Argentina vs. Serbia y Montenegro…

Cuestión, ahora son independientes y hace años que están intentando ser aceptados en la Unión Europea. 

Otro dato que aportó la guía (sí, lo dijo en inglés y después lo repitió en italiano, pobrecita) es que sobretodo en los pueblos más chicos del país (que tiene unos 650,000 habitantes no más) la gente vive “perdida en el tiempo” porque conservan algunas costumbres que están muy fuera de época. Por ejemplo, si en una familia no nace ningún hijo varón, a partir de cierta edad, la hija mayor tiene que actuar como uno. Es decir, vestirse “como hombre”, hacer tareas “de hombre” y nunca va a poder casarse. Una suerte de travestismo forzado que es una antigua tradición, digamos. Me sorprendió y espantó, claro. Si es real o mito, no pude comprobarlo.

Nuestra primera parada fue Budva. Lo curioso fue que para poder llegar, en un punto del trayecto tuvimos que cruzar un lago. ¿Cómo? En un barco de carga que transporta autos y micros. Me pareció gracioso estar a la vez en un micro y en un barco.

Si tengo que ser sincera, Budva no se ganó mi corazón. Hay bastantes zonas de playa (muchas privadas, de hoteles y clubes) que no pudimos disfrutar porque el día no acompañaba. 

Así que simplemente paseamos por la Old Town, que es pintoresca, chica y muy diferente a las que venía visitando en Croacia. El toque especial se lo da la influencia turca-otomana presente en las construcciones, los negocios y los productos, principalmente…

(Claramente, tuve que tener mucho autocontrol para no comprarme una de esas lámparas)

Aunque supuestamente la verdadera gracia de Budva son los casinos, los hoteles lujosos y las discos. 

Aparentemente, todas esas calles que yo recorrí al mediodía cambian drásticamente una vez que cae el sol. Luces, pantallas y brillo por doquier. Dicen que Budva es el “Las Vegas” de Europa del Este y que a la noche realmente parece otra ciudad.

Por desgracia, no tuve la posibilidad de quedarme a comprobarlo. Otra vez será, tal vez…

El recorrido por Budva fue autoguiado, es decir; el micro nos dejó en un punto específico y nos dieron unas 2 horas para recorrer lo que quisiéramos antes de volver a este mismo lugar. Eso fue lo que hicimos con Ro, la otra “ragazza italiana”. Y todo fue muy bien hasta el momento en que volvimos al micro y el micro no estaba. Acá nació en mí un nuevo pánico del viajero que tuve la posibilidad de seguir desarrollando durante el resto de mis viajes: hacer una excursión y que se vayan sin mí, atrasarme o perderme y no poder encontrar a mi grupo. Un clásico, vamos.

Por suerte, en este caso éramos 2, y como 2 memorias recuerdan mejor que una, nos dimos cuenta de que simplemente nos habíamos confundido de calle. Finalmente encontramos el micro y llegamos con solo 1 minuto de retraso. Bastante bien, ¿no?

La segunda ciudad que visitamos fue Kotor. Esta sí que se ganó mi corazón. La Old Town es bastante más grande que la de Budva y está rodeada por unas murallas muy extensas. Kotor está estratégicamente situada entre una cadena montañosa y el mar. Ya anticipé que en Montenegro se llega de una cosa a la otra en cuestión de metros…

Esta ubicación tan especial le da una belleza particular, pero también unos problemas de “seguridad” tremendos. Bueno, al menos tremendos para las civilizaciones antiguas que la poblaron desde antes de Cristo. Porque si tenés de un lado el mar y del otro lado las montañas, corrés el riesgo de que te invadan desde cualquiera de los 2 frentes; o peor, ¡de los 2 a la vez! También tenés la ventaja de poder comercializar para cualquiera de los 2 lados, ¿no? Una de cal y una de arena.

Así que ya en el S VI los bizantinos empezaron a construir defensas alrededor de toda la ciudad y los venecianos, bastantes siglos más acá le dieron el look de fortificación que se conserva hasta la fecha. El resultado, entonces, es que la ciudad está perfectamente resguardada por unas murallas de 4,5km de extensión a las que se puede acceder, subir y recorrer. Por cuestiones de tiempo, no llegué a hacerlo así que acá tengo mi razón número (¿3, 4? no sé, no importa) para volver a Montenegro.

Devuelta, ya sé. Es que me encanta esta foto.

¿Voy a seguir dando datos históricos? Voy a seguir datos históricos. Porque si hay algo que no soporto cuando viajo es no entender lo que estoy viendo. Sacar fotos a monumentos o edificios simplemente porque “se ven lindos” y porque todos los demás visitantes lo están haciendo va en contra de mis principios de viajera. 

Entonces, siguiendo, ¿por qué la “catedral” (así la llamaron cuando me la presentaron) de Kotor tiene colgada una bandera serbia? 

Porque esa catedral es serbia. O mejor dicho, porque es serbia ortodoxa. La diferencia de religiones fue uno de los grandes factores que contribuyeron al enfrentamiento de los países balcanes. Así que hoy en día, a groso modo, Croacia se relaciona con el Catolicismo, Bosnia con el Islam y Serbia con el Cristianismo Ortodoxo. Y como Montenegro estuvo unido a Serbia hasta hace relativamente poco, no sorprende que la mayor parte de su población se identifique como creyente de la Iglesia Ortodoxa de Serbia.

Siguiendo con el turismo religioso, nos encontramos con esta iglesia, de origen franciscano, de más de 900 años. Según nos contaron, ya que los fieles católicos en comparación con los ortodoxos son muy pocos, esta iglesia que en realidad es católica hoy en día también se utiliza para celebraciones ortodoxas. No pude verificar el dato, pero que quiero creer que es verdad. Quiero creer que después de tantos años de enfrentamiento, esa tolerancia religiosa sea verdad.

Ya mencioné que no elegimos el mejor día de la temporada para ir a Montenegro. Pero en Kotor nos las vimos demasiado negras. O por lo menos demasiado lluviosas. Sin tener paraguas, capa de lluvia ni nada por el estilo, tuvimos que resignarnos a usar mapas sobre nuestras cabezas para evitar mojarnos tanto. Justo como la señora de esta foto.  Aparentemente fue la moda de esa tarde.

Y cuando nos cansamos de mojarnos, cambiamos las calles por las tiendas. Mi preferida fue sin dudas la de “San Nicolás”. Básicamente un local que se especializa en hacer muñequitos de un obispo griego, del S IV, que entregaba regalos a niños pobres en la víspera de Navidad. ¿Hace falta que lo explique? El obispo se llamaba Nicolás. Después fue declarado Santo. Así que pasó a llamarse San Nicolás. Quien dice San Nicolás, dice Saint Nicholas. Y quién dice Saint Nicholas dice Sinterklaas, o Santa Claus.
Cuestión que venden unos papá noeles divinos, en varios tamaños y colores, todos con un diseño bien ruso/ortodoxo/bizantino. Si no recuerdo mal, hasta había un «Papá Noel – Mamushka» (así lo nombré yo, lo que quiero decir es que era un jueguito de 7 piezas para meter uno adentro de otro) Todavía no sé por qué no me lo compré.

Como ya mencioné, a esta latitud, la influencia turco – otomana se deja ver sin problemas en las calles y en los negocios. 

De hecho fue la primera vez que me sentí tan inmersa en Oriente: solo viendo los carteles, la tipografía, la ropa de la gente, los productos, se puede sentir ese “choque” de lo desconocido; y todo esto le llamó mucho la atención a mi estrecha mente occidental. Desde chica, el hecho de salir de mi país y entrar a otro me produce una sensación especial. Por un lado, la adrenalina de la “aventura”, por el hecho de conocer y ver cosas nuevas; y por otro lado, la tensión de estar entrando a un terreno desconocido, ajeno. Pero esta sensación de ser “ajeno” o extraño a un lugar, tiene diferentes niveles. Siendo Argentina, porteña, una tal vez no se siente tan ajena en Uruguay, tal vez se siente un poco ajena en España, bastante ajena en otros países de Europa como Austria, Alemania o incluso Croacia, pero se siente muy ajena en Montenegro.

Creo que lo que intento decir es que en Montenegro por primera vez estuve en contacto con otras culturas tan diferentes a la mía. Siento que crucé una barrera, porque acá hay un límite de la división occidental – oriental de nuestro mundo moderno que se rompe y eso se hace notar.

En Kotor, a la influencia turca se le suma la presencia rusa, que dejó sus marcas a nivel lingüístico y religioso, principalmente. Fue la primera vez que vi un cartel en alfabeto cirílico (en ruso, para hacerla más fácil, привет это русский) y esas cosas supongo que te marcan.

En fin, además del shop de papá noeles y los muchos de lámparas turcas, hubo otro que me llamó especialmente la atención: uno dedicado a gatos. Figuras de gatos de todas las razas posibles, en variedad de modelos y precios. Por suerte me lo explicaron y lo entendí: en Kotor hay una devoción especial a los gatos. Durante la Edad Media hubo una peste muy fuerte, transmitida por las ratas. Gracias a los gatos, que cazaron a las ratas, la ciudad pudo recuperarse. Entonces la gente, en señal de agradecimiento, empezó a dejarles platos con agua y comida afuera de sus casas o locales. Es una tradición que se conserva hasta el día de hoy. Me pareció una historia muy linda, aunque después me contaron historias similares en otros países que visité más adelante… y este cuento perdió un poco su originalidad.

Antes de volver al micro, Ro y yo tuvimos que hacer una parada técnica. Es que yo me rehuso a irme de un país sin haber probado al menos algo de su gastronomía típica. Así que no nos quedó otra que probar la que nos dijeron que era la torta montenegrina por excelencia: Bombe Torte. Básicamente, una explosión de chocolate. Yo no necesito que nadie me convenza con ningún título de “dulce regional – típico – nacional” sobretodo si hay chocolate de por medio. Así que esta torta bomba, sin ser nada especial, me encantó.

En el camino de vuelta a Croacia, paramos unos minutos a ver la iglesia “Our Lady of the Rocks”, una iglesia católica montada arriba de una isla artificial (de hecho, la iglesia es todo lo que tiene la isla)

Y me enteré de un último dato sobre Montenegro: Que en el dialecto local Montenegro es Crna (Negro) Gora (Monte), porque es justamente, un monte, negro. En otras palabras, en este territorio las montañas son muy oscuras porque están repletas de bosques muy densos. Así que cuando tuvieron que nombrar a la región, optaron por lo simple. Un dato muy obvio, pero bueno, no me pareció que estuviera de más mencionarlo.

Después de un par de horas de micro, llegamos nuevamente a Croacia. Claro que nos despedimos de la guía diciéndole “¡Ciao, grazie!”

Ojalá algún día pueda volver con más (y mejor) tiempo a recorrer esta Montaña Oscura.


Sugerencia: Voler a

Deja un comentario